Esta ciudad es mía


Por Juan Pablo Ballester

Como me gusta la ciudad vacía y de noche.

Es casi la una de la mañana y camino al kiosko sin apuro, sin necesidad de auriculares para tapar el ruido de las obras, la gente y los autos.

Mientras camino, con algo de frío en los brazos y los pies, aprovecho para desviarme un poco y dar alguna vuelta.

Miro para arriba a las pocas luces de los que también, como yo, prefieren la noche: algunos miran televisión, otros escuchan música, leen, cocinan o divagan desde sus balcones.

Si me dieran o diesen (elegí la opción que más te gusta) un par de horas de la ciudad solo para mí, la cosa iría algo así:

Correría por la mitad de Panamericana hasta cansarme, manejaría el auto más pulenta y rompería una vidriera de esas más grandes que mi mono ambiente. Descansaría un toque, tanta adrenalina hay que bajarla.

Escucharía una canción al palo en un boliche y me haría una jarra con el mejor gin tonic.

Iría en bicicleta hasta las calles de Talcahuano, conectaría todos los amplificadores y tocaría un punteo de esos facilongos en guitarra.

Llegaría a Puerto Madero no sé para qué, pero esos edificios todos de vidrio me llaman. Manejaría un bondi hasta la cancha de River, bajaría al pasto y probaría que tanto eco hay.

Subiría al edificio más alto, vería una comedia en el cine gritando de risa, una de terror no, seguro intente y a los 20 minutos la termine sacando. Probaría todos los gustos de helado y me tomaría un buen café sentado en una silla en mitad de la 9 de julio.

Visitaría el Colón y gritaría desde el escenario. Me tiraría en el pasto de la plaza de enfrente. ¿Sigue habiendo juegos y hamacas?

Probaría que tan rápido van esos monopatines eléctricos, pero no le diría a nadie que me subí a uno.

Me robaría un par de patas de jamón crudo. Robar está mal. Me robaría un bolso para meter todas esas patas de jamón y si queda espacio me llevaría las especias y condimentos que siempre quise probar.

Tomaría prestada una sierra eléctrica para cortar el mueble de bajo mesada que hace un año estoy posponiendo y volvería tranquilo con mi nuevo bolso y mis patas a la esquina donde estoy.

Ahora saludo al kioskero que está jugando al truco online con un amigo que le hace el aguante. Agarro el tabaco, pago y vuelvo a casa pensando en el fin de semana y la próxima aventura que la ciudad va a tener para ofrecerme.

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