Ese verano


Por Martina Vidret

Nos cruzamos en la playa y me invitaste a quedarme dos semanas con tu familia. A los tres días te caíste en los médanos y empezaste a llorar y yo no sabía qué hacer. Vinieron tus papás corriendo, no sé si porque gritabas tan fuerte que se te escuchó en toda la costa, o porque medio atontada fui y tartamudeando les dije que te habías tropezado feo. Sabía que no había sido mi culpa, pero tus ojos llorosos solo me señalaban a mí.

Estuviste todo el día en el hospital. No me dejaron acompañarte, o quizás yo dije que no quería ir. Pasé la tarde con amigos de tus papás mirando la tele y jugando al truco. Volviste con esos yesos que te cubren el torso, y con la clavícula partida. Cuando te intenté abrazar te reíste y me extendiste la mano para que entrelacemos los dedos. Lo llevabas con tanta naturalidad que desde que llegaste nos pediste que te escribiéramos mensajes con un indeleble azul. Me dijiste que te saque fotos con la cámara que me habían dejado mis papás, y recorriste la casa posando.

Te prohibieron el mar. Yo habría llorado si me pasaba, pero vos lo tomaste como un pase libre para tomar sol y broncearte. Todos los obstáculos que te aparecían los saltabas con elegancia y estilo. Con Fede nos seguimos metiendo hasta que a él le agarró una otitis dos días después. Yo te miraba, de reojo, tus movimientos torpes aunque disimulados con el brazo izquierdo que estabas aprendiendo a usar, tus ojos que se cerraban por tres segundos cuando te picaba la espalda. Jugábamos al Sudoku. A mí no me gustaban los crucigramas y a vos te costaba agarrar las fichas del TEG. Vos me decías y yo anotaba.

Un día llovió, e hicimos como si fuera domingo: nos levantamos tarde, desayunamos algo fácil y almorzamos un proyecto de asado que terminó siendo carne al horno.  A la tarde nos tiramos en el sillón y vimos Legalmente rubia. Lloraste un poco con la última escena, y me dijiste que si fueras Elle Woods te quedarías con Vivian Kensington. Los dos varones te parecían muy boludos.

La tarde antes de irnos me pediste que me bañe con vos. En realidad, me pediste que me metiera en la ducha para ayudar a lavarte el pelo, porque tus papás se habían ido al súper y necesitabas a alguien. De más chicas nos bañábamos y nos cambiábamos juntas, y me lo dijiste como si fuera un revival de esa escena.

Dejé la ropa en el piso y me quedé en la bikini azul que me habías ayudado a elegir en una galería de Belgrano. Mi mamá me había dicho que no tenía tantas tetas como para usar algo tan escotado, y vos me dijiste que me quedaba divina y me convenciste de comprarla. Ahí, en la ducha, sentí que me quedaba enorme y que se me iba a caer.

Mientras te pasaba el shampoo y la crema de enjuague, vos hablabas de cómo era empezar primer año. Me dijiste que no le tenga miedo a la secundaria, que es mucho más fácil de lo que parece y que te podía pedir ayuda en Matemática porque te había quedado un diez en los tres trimestres. Cuando terminé de sacarte cada burbuja de espuma de la nuca, te hice un poco de masajes en el cuello e hiciste silencio. Frené y seguiste hablando de exámenes y profesores, como si nada hubiese pasado.

A la noche te fuiste a dormir sin cenar. Te dolía la cabeza y no quisiste jugar a nada. Tu mamá te tomó la fiebre y me preguntó si habías estado así toda la tarde. No supe qué decirle. Me sentía culpable, como si te hubiese hecho algo malo sin darme cuenta y no pudiera pedirte perdón por miedo a que no me perdones.

Terminaron las vacaciones y en la vuelta a Capital decidiste dormir siesta y yo leer. Fede en el medio veía películas en la laptop de tu papá. Habíamos armado una carpeta entera de cosas para ver y hacer que no fueron más que otro elemento  en la lista de lo que podría haber sido. Me bajé del auto y vos seguías con los ojos cerrados y la cabeza sobre el yeso. Tu mamá me dijo que me cuidara, como si ella también supiera que no nos íbamos a ver de nuevo.

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