Esa desconocida sensación de extrañar


Era la primera vez que se separaban “mucho tiempo”. Eran diez o doce días, pero para ellos, para los dos, una eternidad. Llevaban 365 días viéndose la cara todo el tiempo, desde ese primer aliento a la mañana hasta ese último suspiro antes de cerrar los ojos. Se había transformado en una especie de adicción compulsiva de ambos, muy poco planeada y sin mucho sentido. Pero así se dio. Y ese adiós, esos primeros días sin su café negro fuerte ni su vino a la noche, habían logrado que la almohada fuese incómoda y que Netflix fuera aburrido.

Él había pasado su adolescencia escuchando The Clash, rateándose del colegio con su hermano para ir a la Quinta Avenida a comprar discos y asqueándose del licor de melón desde muy temprano. Su punto débil era la matemática y coleccionaba tapas de Olé de River. Ella no sabía lo que podía ser un siete en el boletín, se encerraba en su cuarto para escribir fantaseando ser la próxima J.K. Rowling y sufría las consecuencias de una pareja, la de sus padres, que lo intentó unos años pero no llegó a serlo. Años de psicólogos y novios, caminó de la mano mucho más tiempo que él.

Los primeros días se hicieron llevaderos. La nieve en Time Square le servía a ella como excusa perfecta para ponerse los gorros de lana que tan bien le quedaban y armar muñecos de nieve cerca del Central Park. Se había reencontrado con su mamá y su hermana después de muchos meses, y esas horas llevaban “intensidad” como marca registrada. Las botas de cuero la protegían del frío y se desgastaban de tantas cuadras caminadas. Él aprovechaba los últimos días de compañía de su mejor amigo flasheando tardes enteras con teorías sobre terraplanistas, la vida después de la muerte y conspiraciones políticas. El calor, del otro lado del mundo, los obligaba a matar los minutos con cervezas heladas y aire acondicionado.

Cuando empezó la facultad tuvo su primera novia. Tenía un hijo, pero se complementaron bien para pasar casi tres años mirando dibujitos y teniendo vacaciones separados. Quizás por eso esta pequeña distancia, al principio, no le había afectado tanto. Ese tiempo iba y venía desde Capital hasta Beccar, una y otra vez. Pasó más tiempo de esa relación arriba de un auto que en un bar como le hubiera gustado.

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