Encerrados


Mi vieja señala la tele y me pregunta ¿ahí fuiste vos?

Las imágenes del noticiero muestran a la Unidad 23 de la cárcel de Florencio Varela. Se escuchan gritos y se ve humo. Los presos corren adentro del pabellón como hámsters en una jaula. Se ve caos pero no se entiende porqué. La imagen se corta y muestra a varios presos subidos al techo.

Le escribo a un amigo que trabaja ahí y me confirma que hubo un motín en los pabellones 1,2,6,7,8 y 9. Hace algunos días a un preso de ahí le diagnosticaron COVID-19, fue el primer caso registrado en una cárcel. Nadie sabe cómo entró el virus, pero todos dan por sentado que si lo tiene uno, tarde o temprano lo van a tener todos.

En la cárcel de Florencio Varela hay sobrepoblación. En celdas que son para dos llegan a dormir hasta cinco personas. Según un informe de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) ahí la “situación de hacinamiento llega al 200%”.

Esto es similar a lo que pasa en el resto de las cárceles bonaerenses, que tienen capacidad para 29.000 personas, pero alojan a 44.000.

Por supuesto que medidas de higiene como lavarse las manos con agua y jabón regularmente, usar alcohol en gel, lavar las cosas con lavandina o usar barbijo, son más que un lujo.

Si en un lugar así tenés a cinco personas encerradas 22 horas al día tosiendo, escupiendo y cagando en un lugar de tres por tres sin mínimas condiciones de higiene, es fácil pensar que algo malo va a pasar.

Es verdad que hay muchos que usan la violencia como una forma de generar caos, presionar políticamente y como una oportunidad para rajarse, el coronavirus es una excusa más. Pero, hay otros que genuinamente están preocupados. 

El motín dura solo algunas horas porque el servicio penitenciario bonaerense reprime y lo logra aplacar.

En el techo, donde hacía un rato los presos estaban parados, ya no queda nadie. Solo se ve un cuerpo tirado. Queda ahí por varias horas tapado con una manta.

Cuando la policía lo recoge dice que es un preso que murió tras recibir un facazo por una pelea con otro interno. La explicación cuaja perfecto con las imágenes de los encapuchados. 

A los dos días la autopsia dice que el cuerpo no tiene heridas de arma blanca, sino tres impactos de balas de plomo en el cráneo, el cuello y el pecho. Todo hace pensar que fueron tiros de la policía.

El cuerpo era de Federico Rodrigo Rey, tenía 23 años y estaba ahí por un robo.

En febrero del año pasado, fui a la cárcel de Florencio Varela a filmar un documental para Wacho y pude comprobar el estado de precariedad, abandono y violencia que reina en el lugar.

En realidad, yo iba a mostrar lo contrario, una especie de oasis que funciona ahí. Un proyecto autogestivo que muestra que las cosas se pueden hacer de forma diferente.

Desde hace más de 10 años, Alberto Sarlo, un abogado de La Plata, va todas las semanas al pabellón 4 a dar clases de filosofía y literatura. Lo hace gratis, por fuera del sistema. Es un convencido de que la única forma de cambiar el mundo es haciendo algo concreto.

Con él, chicos que apenas aprendieron a leer y escribir hacen un esfuerzo gigante para entender a grandes pensadores como Borges, Nietzsche, Shakespeare, Platón, Aristóteles o Descartes, y así repensar sus propias vidas y transformarlas.

Junto a los 56 presos del pabellón fundó la editorial Cuenteros, verseros y poetas, que lleva editadas más de 10 antologías de cuentos escritos por ellos.

Si se tiene en cuenta que el 42% de los presos en Argentina solo cursó estudios hasta la primaria y el 50% tenía 30 años o menos cuando lo detuvieron (fuente Universidad Tres de Febrero), se entiende porque este proyecto es tan fenomenal y necesario.

Cuento todo esto porque, por lo general, nos llega una sola imagen de las cárceles, la que se parece a El Marginal, Carandirú o Tumberos y encaja perfecto con los presos amotinados saltando en los techos.

La cárcel puede ser un lugar donde se perpetúe la violencia o donde se cumpla con su rol real de transformar a las personas. En su momento, Jorge, uno de los presos, me lo explicó muy bien “si vos recibís amor, das amor. Si recibís violencia, das violencia”.

El Pabellón 4 no se sumó al motín, no porque no tengan miedo de contagiarse sino porque ahí hay reglas escritas y una, quizás la más importante, es que todos los conflictos se resuelven hablando. Ellos no están de acuerdo con las tomas violentas porque saben que, aunque se hagan para reivindicar derechos, siempre terminan con muertes.

El cuerpo de Federico les da la razón.

La forma de amotinarse para los presos del Pabellón 4 es escribir. Probablemente llamen menos la atención, pero es la forma que encuentran para mostrar esa realidad invisible y terrible que para la mayoría de nosotros es totalmente ajena. Por eso, desde Wacho queremos difundir esta manera original de rebelarse contra el sistema: encendiendo ideas y disparando empatía.

 

Crónica de un preso en cuarentena

Me llamo Jorge, me encuentro privado de mi libertad hace más de doce años. En todo este tiempo transcurrido viví todo tipo de situaciones, vi morir personas a causa de peleas con faca, y también a causa de una gripe. Padecí todo tipo de necesidades que en este momento no viene al caso decirlas. Lo que hoy me lleva a escribir esto, es la situación que esta padeciendo el mundo, mi país, mi familia, la familia de todos. He visto por la tele hablar todo tipo de cosas sobre esta enfermedad que hoy nos afecta a todos. La verdad, que en momentos me sorprende, y de momentos me da mucha pena de ver cómo algunos medios están esperando que el gobierno falle con algunas de las medidas o decisiones que toman, y la verdad no los entiendo, porque ahora es cuando más unidos tendríamos que estar. No entiendo cómo algunos siguen vistiendo sus camisetas políticas y priorizan sus intereses por encima de la salud, de la vida.

También he visto cómo hablan sobre las “personas” que estamos privadas de la libertad, ¡sí, personas!, porque si no lo saben somos personas, personas que por diferentes motivos o circunstancias terminamos acá. He escuchado decir que teníamos que morir todos con este virus, que prueben con nosotros para encontrar la cura, que somos lo peor de lo peor y todas esas cosas que muchos ya saben. Porque desde que estoy detenido que escucho decir a mucha gente que acá vivimos mejor que los que están afuera, que vivimos como reyes, que nos pagan no sé cuantos miles de pesos por mes, y la verdad, es que acá vivimos bajo las peores condiciones humanas, separado de todo tipo derechos. Y no le hecho la culpa a nadie y tampoco quiero victimizarme, sólo quiero hacerle ver algo de la realidad a muchos que hablan sin saber.

No saben cómo se siente estar expuesto y vulnerable a algo que no podes ver, y no saber en qué momento te va atacar, peor aún es saber que si te agarra ese virus, no vas a tener ningún tipo de asistencia y posibilidad. Porque como somos la escoria de la sociedad, siempre le van a dar prioridad a una “persona” sí, a una persona y no a la escoria. Pese a eso, nosotros seguimos luchando sin ningún tipo de armas, desde el día cero que luchamos por nuestras vidas. Para que no nos mate una faca, una gripe, una tuberculosis, el hambre y cualquier otra enfermedad. Hoy estamos de pie, con los brazos bien arriba, velando por nosotros y la salud de todo del mundo, sin distinguir o hacer diferencia entre clases sociales.

 

JORGE

 

El pensamiento es más fuerte que la existencia

“El día a día se hace más pesado, las cosas cambiaron de la noche a la mañana, ¿qué puede haber más importante que la libertad para una persona presa? Nada, dirá la mayoría, pero personalmente para mí sí hay algo que siempre fue y será mi prioridad, la familia. La familia que vive del día a día, y ahora que no puede trabajar, ¿qué hacemos?

El día a día se hace más pesado porque el pensamiento es más fuerte que la existencia.

El día a día se hace más pesado porque yo me tomo un mate cocido con tortas fritas que suplanta las tres comidas diarias, pero ¿mis hermanos tendrán para eso? La cosa se puso fea, miles de muertes en el mundo por un virus que viaja rápido y llega a cualquier parte, ataca a los más desprotegidos que son nuestros abuelos, esos que vienen batallando hace rato con sus vidas, con sus crisis, con los reniegos que les pudimos haber causado sus nietos.

El día a día se hace más pesado porque a través de una llamada no te quedás tranquilo, no ves sus caras para saber si realmente están bien, como te lo dicen, o solo te lo hacen para no causarte más pesadez a todo esto.

El día a día se hace más pesado porque ahora que dejé de creer en todo lo que es una religión, necesito aferrarme a algo para no caer en una agonía infinita. ¿Y ahora, de qué me disfrazó? Deposito la fe en personas, en la familia, para sentirme un poco mejor, pero les doy una gran responsabilidad a ellos, porque si les pasa algo yo caigo primero al piso y desaparezco.

El día a día se hace más pesado porque soy frágil como un papel, aunque de afuera se vea todo lo contrario.

El día a día se hace más pesado porque los medios de comunicación no ayudan, la información es pobre, la policía se come el abuso con los chicos, y nadie lo cuenta.

El día a día se más pesado porque la situación cambia, pero las cosas siguen igual. Esto es un pensamiento negro, porque está de luto, de luto por las personas fallecidas, por las persona enfermas, por las personas que se curan y vuelven con sus seres queridos. Es un pensamiento negro porque soy pesimista, pero tratamos de hacer lo posible para que el día a día sea un poco menos pesado, para que el virus se termine, se corté acá nomás, que no toque de cerca a los nuestros que son el pilar que nos tienen de pie y nos levantan la cabeza para mirar hacia adelante. Es un pensamiento negro porque la cosa se puso fea y el día a día se hace más pesado”.

 

FRANCO GONZALEZ

 

 

¿Y ahora?

Soy el protagonista de una obra que se escribe en el escenario, un sujeto viviendo en una época donde mi nombre será asociado con una tragedia colosal. Donde las riquezas quedan diminutas cómo gotas en el inmenso océano, dónde el tiempo se siente más corto y los deseos se apuran, cómo si el tren se les escapara.

Hoy me siento más humano que nunca, las emociones se destapan y piden ser escuchadas, aunque a veces no sean tan agradables. Hoy nos damos cuenta de lo valioso, y del placer del sólo existir, de cómo algo simple como un abrazo, se vuelve un tesoro y un terror a la vez, pero cómo hablar fuera de mí, cómo sentir por los demás; sólo puedo decir que esta sensación de pánico colectivo que sufre toda la sociedad me impacta de un modo extraño. No voy a mentir diciendo que no me afecta, porque sí lo hace, porque tengo miedo de no volver a ver a mis abuelos, a mis padres, ¡a mis seres queridos! También me hace repensar mi situación actual y el lugar en el que me encuentro, en qué quiero para mi vida si sobrevivo a esta tragedia mundial; y una imagen se me viene a la mente… mi hijo, y me pregunto: ¿Qué voy a dejarle? ¿Cómo me recordará? ¿Estará orgulloso de mí? ¿Seré su héroe, o simplemente un hombre al que le dice papá?

Al pensar en esto la angustia me invade por completo, me tilda, me atrapa con sus brazos filosos, aunque la voluntad de ser mejor me deja libre y veo el otro lado de la moneda. Sé que todo esto va terminar y nos va a poner en un lugar de reflexión, nos va a llevar a ser mejores personas y a darnos cuenta que la eternidad estaría en un instante, en ese instante de estar con los que más amás.

NICOLÁS MACHADO

 

Yo ya sabía

Antes que la pandemia empezara, yo ya sabía lo que era amar a la distancia. Yo ya sabía lo que se siente desear un beso, un abrazo, el simple hecho de escuchar su voz. Yo sabía lo que era un nudo en la garganta y aguantarme esas ganas de soltarme a llorar como niño. Yo ya sabía lo que era querer tocarla y que algo te lo impida, yo ya conocía el sabor del dolor, ese dolor que sólo la angustia y la desesperación te hacen sentir, yo ya sabía lo que era aguantarse las ganas de gritar un te amo y salir corriendo a abrazarla. Yo ya sabía lo que era contener los sentimientos para no caer derrumbado ante la difícil situación, ante la impotencia de no tenerla. En este tiempo de pandemia me muero por dentro, mi corazón se encoge, quisiera saltar alto y cruzar todos

estos muros, quisiera ser invisible y atravesar cada filtro hasta llegar a vos y no soltarte, decirte al oído lo mucho que te amo, recostarte en mi regazo y verte dormir, darte felicidad y esperanzas, un poco de paz ante tanta incertidumbre. El futuro es incierto, el futuro ya no me sabe igual, acá adentro todo es un desafío, acá adentro huele a muerte, acá adentro se siente el dolor ajeno, acá adentro se siente el hambre, acá adentro las esperanzas se van acabando, acá adentro te extraño cada vez más. No quiero ponerte en peligro, sé que es una prueba más y no sé cuándo, ni sé cómo, pero lo que si sé, es que vos y yo nos volveremos a ver, por eso te pido paciencia, más de la que puedas imaginar. Los días serán largos, las semanas serán interminables, las ganas se volverán casi imposibles de aguantar, pero al final tendremos recompensa. Te besaré hasta que mis labios ardan, te abrazaré hasta que mis brazos se duerman, te diré te amo las veces que sea posible, haremos el amor como siempre, o como nunca, y será maravilloso, yo desde aquí pediré por vos…

MATÍAS ROMERO

 

2 Commentarios

  1. Avatar
    Alberto
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    Tomás, genial crónica. Nadar en contra de la corriente duele y cuesta. Pero es lo que tenemos que hacer loco. La queja o la solución de café no sirven. Sólo sirve la acción concreta.

  2. Avatar
    Mariana
    Responder

    Me quedo con la frase de Franco “la voluntad de ser mejor me deja libre” porque tanto la escritura como la lectura no discrimina, no criminaliza y muchos menos punitiviza. Por más lecturas donde empaticemos sin romantizar y encontremos soluciones en forma de derechos, derechos humanos.

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