En Nairobi no hay subte


En Nairobi no se atrasa la línea D ni está en paro la C, porque no hay tal cosa como un tren veloz que se deslice bajo tierra. Las alternativas para desplazarse por la capital keniana son, por lo tanto, las siguientes: Caminar, tomarse un matatu (los bondis de Kenya), tomarse un taxi o un Uber, o tomarse un boda boda.

Un boda boda es una moto-taxi y es la mejor opción para recorrer largas distancias evitando el tráfico. Están parados en ciertas esquinas esperando que algún pasajero quiera viajar veloz y barato  y los contrate para hacer un viaje. Los bodas tienen la enorme ventaja de ganarle al tráfico de la ciudad, y son expertos en esquivar autos y camiones a toda velocidad. El nombre viene del inglés “border-border” -dicho con acento africano-, porque antiguamente se usaban para cruzar la frontera (“border” en inglés) de manera discreta y después… Después quedó.

Esta historia tiene que ver con el proceso que viví desde que llegué al aeropuerto cuasi soviético de Nairobi, hasta que empecé a mimetizarme con lo que pasaba a mi alrededor, a sentirme más cómoda. Con el tiempo, lo imposible me pareció natural; y esa es una de las experiencias más transformadoras que hay cuando te sumergís en otra cultura.

Así fue como, después de un mes de argumentar que era peligroso y jurar que nunca lo haría, me subí a un boda boda por primera vez. El viaje inaugural fue de aproximadamente 30 minutos, desde la oficina en la que trabajaba, en el barrio de Kilimani, hasta el centro de Nairobi. Considerablemente largo, teniendo en cuenta que iba montada en la parte de atrás de una moto, con un casco que me tambaleaba en la cabeza y la sensación de estar suicidándome muy lejos de casa.

Pero el boda no fue cualquier boda. Anita, que trabajaba conmigo, llamó a uno de confianza y quien llegó sería una persona que me acompañaría por los siguientes 5 meses en la ciudad: Davis, mi boda boda, mi compañero de viajes en Nairobi.

Desde ese momento Davis y yo nos volvimos inseparables y, a pesar de ser su clienta, ver una cara conocida todos los días y charlar mientras íbamos esquivando obstáculos hizo que fuera para mí alguien especial en serio.

¨Davis, ¿me podés pasar a buscar en diez minutos?¨

¨I’m going”

Pasamos días enteros dando tumbos por Nairobi, yendo de acá para allá, a velocidades a veces intrépidas, siempre sintiéndome tan intensamente viva que esos viajes con él son uno de los recuerdos más rotundos que tengo de la ciudad. Mientras viajaba con Davis mi mente quedaba en blanco y me sentía infinita y liviana; como en una experiencia cercana a la muerte, de esas que te ponen en un estado de conciencia distinto. Una meditación a lo Ravi Shankar pero con caño de escape y zigzagueo de alto riesgo.

Pero como toda relación que vale la pena, lo mío con Davis empezó de una manera especial. La primera vez que me subí a su moto Anita me preguntó si ya había tomado un boda boda alguna vez. Cuando le contesté que no, su siguiente pregunta fue si sabía cómo decir ¨Ayuda, estoy perdida¨, en swahili (Mimi nina waliopotea msaada). No fue muy alentador.

Pero llegaba tarde a un evento y el tráfico era impenetrable, así que me puse el casco, me subí a la moto e hice algo que probablemente él todavía recuerde hoy: me agarré de sus hombros. 

En el momento me pareció que los demás boda bodas nos miraban mucho. Pero ser blanca en Nairobi se trata de que te miren bastante y a veces demasiado. Además, ser mujer, blanca y tomarte un boda boda significa que van a mirarte mucho, pero mucho más. Sos como una curiosidad sobre ruedas, un intento de Indiana Jones que va incómoda y con un casco que le queda grande. Algo, intuyo, entre patético y entretenido de mirar. Ahí iba yo agarrando de los hombros a Davis, en mi primer viaje en boda boda, y todos nos observaban.

Me dejó en el centro, me saqué el casco un poco mareada. Todos los músculos de mi cuerpo estaban rígidos por la tensión acumulada durante los 40 minutos de viaje al borde de la muerte (o eso me había parecido). ¨Nunca más¨,  dije, sabiendo que quería volver a hacerlo una y otra, y otra vez; cuantas pudiera mientras viviese en ese lugar.

Al otro día consulté algo que había quedado dando vueltas en mi cabeza.

-Anita, ¿al chofer del boda boda vos lo agarrás de los hombros?- Pregunté ante una mesa llena de gente mientras almorzábamos. Todos los comensales, en su mayoría locales, estallaron de la risa. Así confirmé mis sospechas de la tarde anterior. 

Uno no agarra a un boda boda de los hombros. Esto es allá el equivalente a ir sentada en el asiento de adelante de un taxi y ponerle una mano en el muslo al taxista. Pero claro, a mí nadie me avisó ni me dio instrucciones sobre cómo sostenerme – y créanme que hace falta sostenerse bien- cuando viajás en boda. Aterrada, recordando que no tenía obra social, y respirando a medias por la delicada condición del casco que me tapaba la mitad de la cara, no lo pensé demasiado y me sostuve de los hombros de la persona que me estaba mostrando, por primera vez, lo que era circular por la capital africana como lo hace cualquiera: rápido y barato, burlando el tráfico.

Se supone que uno debe sostenerse de unos pequeños amarres metálicos que hay debajo del asiento pero, desformada, hice lo que cualquier novato hubiese hecho para no salir disparado en el primer pozo. Prácticamente acosé a ese buen hombre sujetándome de sus hombros. 

Un breve debate sobre la moralidad – o inmoralidad- de mi approach intimista a montar boda bodas fue el tema de risa de todo el almuerzo. Les hice el día, tal vez la semana, Adivino que varios contaron la anécdota esa noche cuando llegaron a sus casas. Porque vivir en países tan distintos al nuestro tiene mucho de eso, de que se rían de vos, de que vos te rías de vos… Y a veces de ser una acosadora involuntaria. 

Lo mío con Davis prosperó, como ya les dije. Me vio reír y me vio llorar. Me vio frustrada, en días en los que la ciudad me pasaba por arriba y todo me salía mal: ¨Pole sana, will be fine. You are very stressed, its okay¨, me consolaba con esa dulzura que le imprimen al inglés los parchecitos de swahili que se incorporan de corrido y con una pronunciación que me hace sentir en casa. Asante, contesto; porque araño un par de palabras y no me importa si soy una goma. Estoy en Nairobi y nadie me ve, todo lo que pase acá va a quedar entre Davis y yo; ese día de mierda, esa tarde increíble, ese chiste que lo hizo reír o el día que me dijo que yo era millonaria y que le consiguiera más clientes.

Durante mis últimas dos semanas en Nairobi, me preguntó casi todos los días si ya me iba. No pude despedirme, no llegué a mandarle un mensaje, mi crédito de Safaricom se había acabado. La última vez que lo vi su moto estaba distinta: le había puesto stickers de colores para decorarla, flecos en el manubrio y tenía un casco nuevo que me quedaba mejor. Pienso, de vez en cuando, en que me hubiese gustado escribirle y llamarlo. En que debería pedirle a mi amiga Mriganka, que sigue en Nairobi, que le mande un mensaje. ¿Se acordará de mí, la chica que se agarró de sus hombros? Capaz que sí, capaz  que no; pero a 10.596 km de distancia, sigo agradecida por cada viaje entre camiones, matatus y taxis; zigzagueando como si fuésemos livianos e inmortales.

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