El último recital


“¿Estás bien?” “¿Fuiste al Indio al final?” “Tomás, soy el papá de Juan. ¿Están volviendo?”

Esos fueron algunos de los mensajes que me llegaron el domingo 12 de marzo entre las 8 y las 10 de la mañana. Mis amigos y familiares empezaban a prender la tele y se enteraban que lo que para mí había sido una fiesta los medios lo catalogaban como “tragedia”.

A las 7 de la mañana del sábado nos encontramos con seis de mis mejores amigos en la esquina de Independencia y Lima. Tres cuadras de micros y centenares de ricoteros madrugadores nos esperaban. Se corría el rumor de que este iba a ser el último recital. El año pasado, el Indio contó que tenía párkinson y muchos pensaban a este encuentro como la despedida. No se podía faltar.

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Con mis amigos en la previa.

Después de dos años iba a volver a ver al Indio. La última vez había sido en Gualeguaychú (al de Tandil del 2016 no pude ir). ¡Por fin se volvía a dar! Esta iba a ser mi séptima misa.

Los Redondos son la banda que me acompaña desde los 12 (2001), época en la que se estaban separando. Es la única banda de la que tengo todos los discos. Compro cada libro y revista que los tiene en la tapa. Su música me parece increíble, pero lo que más me gustan son sus letras encriptadas.

Los recitales del Indio tienen algo muy especial. No son en ciudades grandes y populares, son por lo general un sábado en algún lugar rodeado de mucho verde como son Tandil, Junín, Gualeguaychú o el más reciente Olavarría.

Somos cientos de miles de personas que nos tomamos el fin de semana para compartir uno de los fenómenos culturales y sociales más importantes que deban existir en el mundo. Hombres dueños de tres departamentos, hombres dueños de tres chapas, universitarios, otros que apenas arañan el primario, sexagenarios, mocosos, la de braquets, el del comedor a medio hacer. TODOS, no falta ninguno.

A Olavarría llegamos a las 4 de la tarde. La ruta estaba colapsada. Nuestro boleto de micro incluía previa en un club con recital de banda tributo, Capitán Buscapina. Apenas llegamos salió el sol. Increíble tarde. Compartimos fernets con extraños, bailamos los temas que nos gustan a todos, nos abrazamos y nos sacamos fotos con banderas de otros. Toda esa alegría y el recital ni había empezado.

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Capitán Buscapina en la previa.

A eso de las 19:30 encaramos para La Colmena, el predio donde iba a tocar el Indio. Habremos caminado unas 30 cuadras que parecieron 10. En la caminata fuimos cantando canciones, me bajoneé un Paty, me compré una remera y en una esquina nos tomamos unas birras. Parecido a la cancha pero con la diferencia de que no hay nadie del otro lado y con la seguridad de que ningún resultado puede aguar la fiesta.

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Los locales que había en el camino.

La entrada fue desorganizada pero nada distinto a lo ya conocido. El cacheo es verdad que no fue exhaustivo y el corte de entradas fue solo a algunos.

Una vez adentro del predio, nos acomodamos lo suficientemente adelante pero lo suficientemente atrás como para poder ver el recital bien y cómodos. Cada uno de los seis tenía un espacio para poder bailar y moverse. Yo apenas supero el metro sesenta, no hay nada que odie más que estar apretado y no ver nada.

De repente a eso de las 22 las luces del estadio se apagaron. Una especie de tambores y rugidos tribales empezó a sonar despacito hasta explotar con los primeros acordes de “BarbaAzul”, el tema con el que abre Gulp!, el primer disco de los Redondos. Éxtasis importante para cualquier fanático.

Con esa canción, mucha gente empezó a abalanzarse para adelante. Lo mismo con los temas que siguieron, “Porco Rex” y “Ropa Sucia”. Fue una seguidilla de temas increíbles, que se interrumpió por los suplicios del Indio. Empezó a pedir que por favor todos fueran dos metros para atrás, que había gente a la que estaban aplastando.

No era mi caso ni el de mis amigos, ni el de la mayoría de la gente. El problema se daba con los que estaban bien adelante.

El Indio llegó a amenazar con terminar el show. Creo que pasaron unos quince o veinte minutos hasta que el recital volvió a arrancar. Parecía que todo ya estaba controlado. Siguió una lista increíble de temas: “Todo preso es político”, “Esa estrella era mi lujo”, “Nuestro amo juega al esclavo”, “Etiqueta negra”, “Héroe del whisky”, “Las increíbles andanzas del Capitán Buscapina”, “El Charro Chino”, “Flight 956”, “Todos a los botes”, “To beef or not to beef” y para terminar, una rareza, enganchó el clásico “Jijiji” con “Mi perro dinamita”.

A cualquiera que le guste un poco Los Redondos, entiende que este repertorio es orgásmico. Himnos, mezclados con perlitas y un final impredecible. Encima con un buen sonido y buena calidad en las pantallas.

Terminamos todos abrazados. Un cordobés que había al lado mío me preguntó si me había gustado. Le respondí que me había encantado, me dijo que a él le pasó lo mismo.

La desconcentración tampoco estuvo bien organizada. Éramos 300 mil tipos caminando para el mismo lado. Tardamos bastante en salir y una vez que lo hicimos nos encontramos perdidos, sin saber dónde estaba nuestro micro. Sabíamos el nombre de la calle donde estaba estacionado, pero no sabíamos cómo llegar. La mayoría estaba en la misma.

Muchos olavarrienses salieron a las calles para orientarnos. Gracias a las indicaciones de un señor de anteojos y a una chica que vendía choris, logramos llegar al micro. Nos subimos y nos dormimos sonriendo, pensando en la linda noche que habíamos pasado.

Al otro día los mensajes en el celular. Dos personas habían muerto y otras tantas estaban heridas. Una sensación amarga nos invadió.

Cuando llegué a casa la tele solo hablaba del recital. Los noticieros entrevistaban a los “sobrevivientes” de la “tragedia”. Algunos comparaban a Olavarría con Cromañón. Los movileros que recién habían llegado a la ciudad, hablaban de la deficiencia del sonido y las pocas pantallas. Todos describían un lugar en el que yo no había estado.

Pasaron unos días y la sensación amarga todavía queda. La alegría de haber compartido un recital con amigos se tiñe por la tristeza de la gente que al igual que yo fue con la misma felicidad y terminó perdiendo a alguien querido.

Ahora empieza un circo de acusaciones, donde todos tienen la culpa menos YO.

Lo que si es cierto es que algo falló. Sin dudas, aunque el Indio vuelva a tocar, este fue el último recital y la culpa no fue del párkinson.

 

 

 

 

 

 

1 Commentario

  1. Como siempre, es un placer usar un medio alternativo para informarse y conocer las verdades que muchas veces se disfraza vaya a saber por conveniencia de quién.

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