El sustituto


Por Nuria Álvarez 

Algo no está bien. Me levanto pesado y aturdido. Camino hacia el baño. Mis pies apenas se desplazan, no se levantan del suelo. Me arrastro, me bamboleo. Llevo puesta una armadura, una escafandra de buzo (aquellas antiguas) o un disfraz mal cocido y exageradamente recargado. Me toco el pecho, es frágil, sonoro y hueco; temo hacer demasiada presión y que mi mano lo atraviese hasta salir por mi espalda.

No, no llevo puesta ninguna armadura, ni escafandra o disfraz; solo mi pijama de siempre. 

Tengo la boca pastosa y unas terribles ganas de hacer pis. 

Tarde.

Una tibia humedad se expande sobre mis pantalones. 

Sé que me estoy quejando hacia afuera, pero siento que algo vibra hacia adentro; una voz que no reconozco repica en mi cabeza. 

¿Quién está ahí? (otra vez esa voz ajena). 

No obtengo respuesta. 

Me desplazo hacia el baño. Menos mal que nadie puede verme. Siento frío y vergüenza. El pantalón se pega a mis piernas. Avanzo. No tengo apuro, ya es tarde. Mi cuerpo se siente un hábitat extraño, antinatural. Las piernas y brazos de este cuerpo desconocido no responden a los pulsos que envía este cerebro, que tampoco sé si me pertenece. 

Continúo hacia el baño. Me siento cansado. El pecho hueco y sonoro retumba con violencia. Me detengo. Respiro por la nariz, el oxígeno que ingresa hacia mis pulmones resulta doloroso, demasiado denso. Algo no está bien. Mi pecho herido de respirar se agita. Siento frío y miedo. Mis ojos se apagan por unos aterradores segundos. Algo me dice que si me caigo no podré levantarme. 

La mano derecha se apoya sobre la pared. 

Avanzo hacia el baño. Me acuerdo de la película Invasión de los usurpadores de cuerpos (¿la ví o me la contaron?, ¿existe siquiera esa película?). Me río por dentro. No creo ser un clon mal hecho de mí mismo, tampoco un alien. Estoy bajo la piel de alguien más, me digo. Pero nada de eso tiene sentido. Soy el sustituto de otro hombre, así dice la canción de los Who. Siento frío (estoy tiritando o tarareando la canción, no lo sé). Avanzo.

Llego al baño. Ambas manos se agarran del lavatorio. Algo me dice que si me caigo no podré levantarme. Me paro frente al espejo. Mis labios tienen un color azulado. Pero esos no son mis labios. Ese no es mi rostro. Grito. Vuelvo a gritar. Entonces ese alarido me resulta familiar. 

No sé por qué sigo olvidando estas cosas, por qué me olvido de que éste soy yo, que este es mi cuerpo; a veces me olvido de que estoy viejo.

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