¿El periodismo está muerto?


Me agarro de las palabras de un colega del diario Clarín para preguntarme una vez más si el periodismo tal y como lo habíamos conocido murió definitivamente. Si contar historias, narrar lo que le pasa al vecino, mis miserias, tus injusticias, se acabó sin siquiera dejar una luz esperanzadora…

Miro a mí alrededor buscando un San Martín que se le plante de parado con su sable a los miles de culos que inundan la web hoy en día y no escucho ni una mosca. No lo veo galopar con su caballo blanco. Rezo, imploro, porque aparezca un Batman o una Mujer Maravilla que ponga en su lugar la discusión barata y banal que nos trae Rial sobre si Barbie Vélez vuelve al bailando o Milita Bora dejó a Chano porque prefirió esnifar con otro y no la encuentro. Solo veo, en un horizonte muy lejano, a un pibe tecleando con su celular a toda velocidad. ¿Estará escribiendo un artículo 2.0 en su nuevo Iphone? Me acerco y lo veo twiteando chimentos estúpidos sobre su nueva compañera de laburo que cagó al marido con el jefe de marketing.

La puta. Es verdad, el periodismo murió… ya no contamos historias. Ahora somos secuaces (o esclavos…) de un sistema que nos obliga a compartir con un botón en Facebook el próximo video viral que nos va a hacer reír media hora o ese par de tetas voluptuosas que nos van a ratonear mientras nos pagan por informes inconclusos.

Lo que pasa, creo y me hago cargo habiendo elegido esta profesión desde muy chico, es que nos acostumbramos a lo ligero, lo fácil, lo que nos da “me gustas” gratuitos y nos llena de orgullo estúpido. Claro, porque desde que las redes invadieron internet y es más importante tener seguidores que ávidos lectores, la idea de producir una verdadera nota se perdió en un mar de notificaciones. Ese cosquilleo electrizante a la hora de buscar una historia que valga la pena ahora se transformó en una vibración en el celular que se resume fácilmente en un mensaje de whatsapp.

Mientras escribo esto pienso en las miles de historias que quedan por contar y las que seguramente se están creando en este instante y de las que seguramente nunca vayamos a leer nada ni escuchar nada en ningún lado. Esos héroes anónimos que deberían tener su lugar, su voz, su espacio y que hoy no lo tienen. Se me escapa una lágrima. Tan fría y tajante como el iceberg que hundió el Titanic. Tanto como lo es hoy lo que invade las pestañas de mi navegador: infobae me cuenta las críticas de Tinelli a la AFA, TN me buchonea que un museo de cera separó las estatuas de Angelina Jolie y Brad Pitt, y MinutoUno me cuenta que una tal Nataly Weber se hizo un tatuaje…

¿Será que también otras profesiones tradicionales murieron y no me di cuenta? No, no me vengas con que ésto es la evolución y que uno tiene que aggiornarse. Si el abogado sigue siendo el mismo que hace mil años y sigue cobrando fortunas por defender lo infedendible. El arquitecto facilitó su trabajo, pero no lo hizo menos importante. De hecho siguen construyendo edificios y los hacen todavía más altos. Un ingeniero te moldea el futuro para que mañana la vida cotidiana se nos haga más fácil. Y acá estamos entonces nosotros: los que crecimos viendo a Mónica y César en Telenoche y quisimos seguir sus pasos. Los que veíamos la desfachatez de los cronistas de CQC y queríamos ser como ellos. Los que entendimos el juego de Lanata y lo leímos en diarios que luchaban contra nuestras injusticias. Acá estamos, muy cerca, a tan solo un clic…

Escupo esto esperando que venga alguien por atrás a clavarme una daga que me confirme y diga: amigo, el periodismo murió. La espero, pienso combatirla con todo y ponerle el pecho. Pero lo único que llega, de casualidad, es una oleada de “wachos” que me grita al pasar que hay esperanza. No llegó Superman ni San Martín, pero hay un lugar donde puedo escribir y expresarme sin importar lo que vaya a pasar. Sin mirar las líneas, los caracteres ni los párrafos. Sin esperar un clic, una felicitación o un bono de fin de año. Contando historias. Las que quiero. Las que escucho. Las que creo que tienen que en algún momento importar. Las que me gustaría leer. Las que me digan: el periodismo sigue vivo.

 

Acá dejo el texto de Pedro Irigoyen del Diario Clarin:

Ayer en el diario anunciaron un retiro voluntario bomba: pagan el 160 por ciento de lo que sería una indemnización (incluyendo los aumentos de paritaria del año completo) + 6 sueldos + vacaciones + obra social x 6 meses. Esto es si te vas en septiembre u octubre. Si te vas en noviembre es el 140%, en diciembre el 120% y luego final de la promo “andate ya”. Algunas reflexiones al respecto:

El periodismo tal como lo conocimos ha muerto. Ganó el rating del click, que es como el minuto a minuto de la tv, donde importa más el impacto que el contenido. Y para conseguirlo basta con un culo, farándula, sangre, fútbol y polémica. Eso es barato. No requiere investigación ni pensamiento ni análisis. Picar carne berreta y sacar un MacDiario con fritas y gaseosa. El negocio cambió, el papel muere, la pantalla manda y sobrevivirán los que sepan y quieran adaptarse a esto.

La flexibilización laboral puede tener muchas caras, incluso esta versión aparentemente generosa, donde te invitan a irte cada vez con más ganas y billetes. Luego quedarán, o quedaremos, pocos haciendo el trabajo que antes era de muchos. Periodismo de escritorio, copiado de la tele y de otros sitios, de redes sociales. Eso sí, siempre cuidando los intereses de los anunciantes de turno y de los poderes que custodian las ganancias de las empresas con sus decisiones políticas.

En el medio quedamos los periodistas, abrazados a la utopía de otros diarios posibles. Mientras, nos tiran los números por la cabeza, y es lo mismo que si te dijeran “despertate”, “andate”. A los compañeros más grandes directamente los jubilan. A los más jóvenes los invitan casi a cambiar de profesión. Porque todos sabemos que afuera hace frío y no hay laburo para nadie que quiera vivir de contar historias y narrar la realidad en palabras escritas.

A nuestro favor, rescato el sentido de unidad entre los compañeros ante un futuro oscuro e incierto. Hizo falta llegar a estos límites para que tomáramos conciencia de clase, para reconocernos laburantes más allá de nuestros egos personales. Hoy todos tiramos para el mismo lado, más allá de que elijamos subirnos a las balsas o que nos quedemos tocando los violines hasta que nos la demos de frente contra el iceberg.

Así están las cosas. Necesitaba hacer esta catársis y compartirla. Los periodistas amamos nuestra profesión. Somos felices haciendo esto. Sentimos que cada palabra es importante y vital. Es por eso que más allá de toda decisión personal, es un momento de tristeza y angustia. ¿Será momento de soltar todo y largarse? ¿Será resistir lo que hace falta? Quién sabe.

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