El mosquito


Era la tercera vez en menos de una hora que me daban ganas de mear. Todavía no tenía la confianza suficiente para poder ir a las plantas del fondo, así que fui hasta el baño pequeño que está detrás de la cocina. Saqué el pito y empecé con el chorro amarillo pálido, como el jugo de un limón. De pronto apareció un mosquito que se puso a revolotear cerca del líquido que caía fuerte sobre el inodoro. Se acercaba casi hasta besar el meo y se alejaba repelido por el olor avinagrado. A pesar de que era mi tercera visita al baño, tenía mucho para mear producto de varias cervezas. Entonces me puse a jugar con el bicho. Cada vez que se arrimaba, yo intentaba mearlo, embocarle de lleno en su fino cuerpo. Era un mosquito ágil. No lograba darle. De a poco fui regando parte del piso y el lavatorio. Que rival digno, pensé mientras volvía cada vez más temerario, con más furia. Casi podía sacar su lengua y tragar a borbotones. Yo maniobraba con la derecha, iba de acá para allá trazando formas elípticas. Algunas gotas fueron a parar al espejo y otras a mi pecho. El mosquito, como un cohete salió eyectado y se quedó flotando entre mi mentón y el pito, a la altura de mi panza. Me apalanqué para arriba aguantando unos segundos los últimos resabios del líquido. Apreté la punta con mis dedos y cuando se hinchó como un sapo lo solté. Como una represa que termina cediendo ante tanta presión, una especie de cascada invertida se disparó hacia el cielo raso. Gran parte de ese río turbulento me entró en la boca. Un gusto ácido y tibio se fue filtrando por mis muelas mientras que el resto del meo bajó por la lengua hasta perderse en la garganta. Tuve una pequeña arcada. Un pedazo de chori del mediodía, llegó hasta la campanilla, se mezcló con el pis y volvió a bajar. Tosí. Cerré los ojos y pensé que todo esto valía la pena con tal de haber derrotado al mosquito. Levanté los brazos con los puños cerrados como hubiera hecho Goliat, si hubiera ganado. Dejé caer mi pito cansado por la batalla. Lo dejé unos segundos ahí, con la malla baja para que se aireara, para que disfrutara su victoria. De repente, justo desde la punta, como una descarga eléctrica, punzante, se disparó un dolor agudo que me llegó hasta el cerebro. Bajé la mirada, y ahí estaba él, succionando, emborrachándose de mi sangre en la parte más pura y sensible. Derrotándome por goleada. Sin tener tiempo de dudar, bajé uno de los brazos y fui directo a deshacerme de una vez por todas. El manotazo cayó violento. La descarga aguda se expandió por toda la zona. Era un dolor que picaba, que se metía para adentro del estómago. Se me doblaron las piernas y finalmente caí sobre el piso y mis charcos. Ahora sí, por fin lo maté, pensé con la cabeza apoyada sobre el azulejo. Me quedé un ratito a descansar ahí. La batalla me había agotado. Pensé también en la cerveza helada que me iba a tomar para celebrar la victoria, hasta que un zumbido entró por mi oído derecho como un misil. Abrí bien mis manos, pero esta vez lo único que pude hacer fue taparme las orejas. Cuando creí que ya no quedaba líquido para expulsar, dos pequeñas gotas se formaron en las comisuras de mis ojos y cayeron lentas a mezclarse con el resto. Me quedé derrumbado como Goliat, en el tibio piso de una noche de verano. La próxima, me pierdo entre los arbustos.

Sin comentarios

Dejar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *