El Mono, la sonrisa eterna de Múcura


¿Cuál es el valor de las cosas? ¿Quién les pone precio? ¿Nosotros, los consumidores? ¿Los que le damos de comer al chancho? Es probable, ya que la mayoría de las cosas se rigen por la ley de oferta y demanda.  No existe ningún valor absoluto. ¿Cuánto vale una langosta en un restaurante de Buenos Aires? No lo sé, pero por lo que se dice, suelen ser bastante caras. ¿Y cuánto si la comés en una playa de una isla caribeña? ¿Y si además a esa langosta la multiplicamos por siete? Probablemente nuestros bolsillos sangrarían. Probablemente nos negaríamos a pagar por eso. ¿Y si te dijera que no es tan caro como pensás?  O más aún, ¿si te dijera que es gratis? Seguramente pensarías que estoy fabulando. Que es un simple deseo. ¿Pero si ese deseo se hiciera real?

 

El “Mono” nació en la isla de Múcura, Colombia, y probablemente vaya a morir ahí. No tiene otras intenciones, no las necesita. Muchos nos pasamos la vida detrás de esa gran zanahoria que llamamos felicidad. Él no. Él ya es feliz y ni siquiera se pregunta porque, simplemente vive, no busca, está ahí, en el lugar que quiere estar. Todas las mañanas sale a pescar por las aguas cristalinas del archipiélago. Cerca del mediodía regresa a la isla con la pesca del día. Una parte para ganar el mango diario, otra para saciar el hambre. Que manera de mimar su paladar con caracoles, pescados, pulpos, camarones, las ya nombradas langostas y hasta tiburones y tortugas. Estas últimas sus preferidas. Por la tarde la siesta, el fútbol, la juntada con amigos, los cocos, las palmeras y el sol. Y también la luna.

 

Sospecho que esa tarde no fue una tarde común a las demás para el “Mono”. No es que nosotros seamos tan especiales, pero por lo visto no pasa muy seguido que cinco porteños, un inglés de algún pueblo cercano a Londres y un par de rolos (como le dicen a los de Bogotá) se junten a tomar cerveza en el pequeño caserío de la isla Múcura a raíz de una apuesta futbolera en la que como dice nuestro amigo anglo: Argentina lidera, luego viene Colombia y ya fuera de juego Inglaterra. ¡Mejor suerte para el mundial Mr Pete!


Todas estas caras bronceadas de origen blanco deben haber despertado la curiosidad del isleño que inmediatamente se sumó a la ronda y orgullosamente comenzó a contarnos a los más cercanos como pasan los días en esa maravillosa isla, por suerte, bastante poco conocida. Llamaba la atención la alegría y el entusiasmo con que articulaba cada frase, cada palabra. También era llamativo como su sonrisa de infinita blancura contrastaba con su rostro moreno. Imposible apagar tanta alegría.


Contagiaba, era puro como un niño. Era un niño. La edad no dice mucho de algunas personas, para eso está su espíritu. Se sorprendía de cada comentario o pregunta que le hacíamos. No podía disimular, o no quería, o mejor aún, no sabía disimular. Tanto, que hasta pareció burlarse de mí cuando le conté que nunca había comido langosta. “¿Cómo puede ser que alguien no haya probado la langosta? Si están en todas partes”, debe haber pensado. De alguna manera tenía razón, en este mundo moderno están en todos lados, o al menos podrían estarlo. De todas maneras yo nunca había tenido la posibilidad o las ganas suficientes de probarla. A raíz de ello fue que el “Mono” se comprometió  públicamente ante todo un tribunal de hombres hambrientos a pescarnos y regalarnos unas langostas. Sería mi debut en el tema, no así el de Delfi. Desconozco el prontuario de los demás. Pavada de regalo. Pero había que esperar hasta la mañana siguiente. Y alguno hasta se atrevía a dudar de su promesa. ¿Conocerá la mentira nuestro nuevo amigo? Esa era mi única duda realmente.

 

11 a.m. Bajamos tarde a la playa. Hacía días que necesitábamos dormir un poco más. Ya el hotel no daba desayuno. Pero poco nos importó ya que nuestro destino era otro. Apenas pisamos la blanca arena vimos en el otro extremo como el “Mono” nos llamaba con las manos. 

 

Ahí estábamos. Nosotros, él, la playa, el mar, el Caribe, una bolsa verde, unas naranjas que parecían limones o unos limones que parecían naranjas y, debajo, siete coloridas langostas ya sancochadas listas para degustar.

 

Que ricas eran. Que frescas y que tiernas. Y que hermoso momento compartimos  juntos esa mañana de sol en ese increíble lugar. Gracias “Mono”.  Y gracias también Delfi, Chango, Lucy, Lucardo y porque no a Mariano, Giancarlo y Mayra. También a los amigos de Bogotá y a Pete con quién compartimos el picadito y las “polas” de la tarde anterior. Y al profesor Fabio, al “alcalde” Juan Guillermo, a las amigas Pao, Chiro y a los cinco perros que nos ladraron bajo las estrellas.

 

¡Isla Múcura, Colombia!

 

Y me vuelvo a preguntar ¿Cuánto vale una langosta?

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