El Hechizo


Por Ana Cornejo

Son las dos de la mañana. Creo que nadie notará mi ausencia, si total soy une más del
montón, y el montón a veces borra lo singular. Por eso aprovecho haciendo uso de
mi invisibilidad, de mi astuta vigilia, de mis silencios, y me visto con esa lona que
cubre la noche para alejarme unos cuantos metros y tender mi guarida, un refugio
que sepa repeler mosquitos, demonios y normalidades del mundo de afuera.

Dentro de mi nido hago todo suave, lo más suave que un suelo frío y duro
pueda dar, apartándolo de su frialdad y de su dureza, arrancando los azulejos del
suelo para depositar los escombros sobre un gran algodón.

Mi brujería inicia. Traigo el gel que dice “sabor hielo”, lo aprieto y lo dejo que se
escurra hacia todo, que suba cada desnivel y que se fusione con cada zona. Deseo
que haya química, que algo explote sin destruir y que deje tierra fértil. ¿Para qué
querría arrasar mi carne, esa que tanto trabajo material y psicológico me costó
emancipar? Esa que pasó por tantas instituciones como algo de otro. Esa cuya
existencia negaron.

De pronto alguien llega, atraviesa el muro impenetrable de la guarida como el
sol que presume su fulgor a través de las cortinas. Ese alguien, eléctrico y vigoroso,
a veces ingresa con permiso, otras veces me sorprende, y me pregunto hace cuánto
tiempo no lo veía, o si nos habíamos visto alguna vez. Ese alguien es caprichose:
puede ser mujer, varón, tener un pene, dos penes, tres, una vulva de labios jugosos,
de labios caídos, una vulva donde había pene, un pene atado de un arnés. Ese
alguien puede ser juguetón, o tierne, o dura, o desvanecerse de una mirada certera.

Ese alguien se mete hondo porque se compone de profundidad, igual que las
galaxias, y por eso mismo necesito guiar sus dedos con los míos. Sería imposible
para mí dejarle naufragar, a menos que escuchemos una pleilis de lofi hip-hop.

Algo sucede: al estimular las tierras más podadas y al recorrer las malezas
inhóspitas a la vez, se llega al mismo punto, donde hay una sombra y un arroyito, en
el cual metemos las patas y la cabeza, abriendo los ojos para ver peces, y todo es
tan dulce por allí, y no reclama al tiempo, ni se pone turbio, ni engaña.

Me quiero quedar a vivir allí, aunque mientras más minutos pasen me darán
más ganas de volver: sé muy bien que no es posible pasar la eternidad por esos
lados. Pero puedo regresar con frecuencia, cuando el afuera tienda al displacer,
cuando el sentir esté roto, y también cuando todo me salga bien.

Me han querido quitar todo: mis espacios comunes, mi caminar, mi decir, mis
horarios… Todo me ha sido expropiado. Cuando termine de juntar fuerzas, saldré a
la calle a pelear. Y también dejaré de lado el miedo a amar, esa escuela del terror
que forja ánimas binarias y unívocas.

Y aunque ya no sea el único sitio para parirme en otra forma y derramar goce,
siempre que esa presencia furtiva me sea encendida por el hechizo de la noche,
volveré a buscar la sombra y el arroyito, entre mi pene y mi culito.

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