El desborde


Por Julia Isasti

Hoy hay comida familiar y no faltó nadie. Hace añares que no decía esa frase, no la pensaba siquiera.

“Hoy hay comida familiar”, sí, pero ¿quiénes son todos? Siempre falta alguien. Siempre falta una pieza. Alguien está estudiando, alguien de viaje, alguien que seguro no quiere venir, alguien que jamás estuvo invitado y eso nunca le molestó. Se ponen platos y se sacan. 

Hoy no faltó nadie. Vino ese tío que se dejó de hablar con mi mamá hace años por algo que no pregunté. Vino mi hermana, la que no lo fue más cuando dejamos de entendernos. Vino mi papá, que en realidad nunca lo fue. Esperaba una cena incómoda, silenciosa, pero terminamos todxs llorando, contentxs.

Hace años que soy vegetariana, pero hoy, como todo lo que siempre me gustó y nunca me llenó.

Mi abuela hizo milanesas con puré, que bajo con Coca Cola. “Comé nena”. 

Mi padrino está haciendo asado, como vacío sin culpa. Los ñoquis del 29 que trajo mi mamá están exquisitos y hago el mismo chiste de siempre, “te quedaron riquísimos, ni se nota que los compraste”. 

Mi hermana trajo arepas, las que le enseñó a hacer su mamá en Colombia, la otra pone merengue para que bailemos. 

Mi tío abuelo se ríe fuerte y lo escucho como un eco desde el otro lado de la mesa, una risa de boca enorme, dientes al aire.

Tomamos todxs, y mucho, pero pareciera que nunca nos pasamos. Pareciera que tenemos los pies fijos en ese limbo donde te entonás, donde te mareás y te causa risa, no nauseas. 

Donde confesás todo porque sí, es ahora, te tengo que decir que te amo, que te quiero y te adoro, como la vaca al toro, y te reís, sosteniendo entre tus manos la cara que te mira. Que te extraño, que ojalá estés bien, que siempre te deseo lo mejor y no nos da vergüenza, nada, 

Nada de este desborde nos da vergüenza. 

Y de repente empecé a observar cómo cada cual caía en su silla. Como se desplomaban, la gravedad intentando aunarlos con el suelo, algo había cortado las cuerdas que los sostenía de pie. Los ojos hacían fuerza para mantenerse abiertos. Como dominós, los comensales se derrumbaban, exhaustos. 

Me tiemblan las piernas y me rindo, cayendo al lado de mi padre. “puf!” me dice, “¡cómo cansa querer!”


Este texto surgió de los talleres de escritura creativa de Wacho.

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