El bar de la terminal


El bar de la terminal

Eran casi las nueve de la noche. Faltaba más de una hora para que saliera mi bondi, así que me senté en el bar-restorán. El único que hay en la estación de micros de Río Cuarto.

Había solo dos mesas ocupadas. Una afuera con una pareja de años y otra adentro con un flaquito de bigotes y su computadora. Cuando tengo tanto lugar disponible me cuesta elegir. Al final agarré una frente a la tele. Estaban pasando una de persecución de autos. Esas que solo se pueden ver en un viaje o en la víspera de uno. Estaba subtitulada y doblada. A los costados de la pantalla que colgaba del techo aparecía la cara de Messi y el fixture del mundial pasado, ese que nadie recuerda aunque haya sido el último.

Se me acercó uno de los mozos que estaba en el grupo de la barra. El menú siempre lo elijo rápido. Uno de milanga con fritas. Solo, sin lechuga ni tomate. Mucho menos mayonesa. Pero mirá que sale lo mismo. Pero mirá que lo quiero solo. Para tomar, una birra que me vaya durmiendo de a poco. El tipo dejó los cubiertos y se volvió a unir a la ronda con los muchachos.

Uno de ellos, el más flaco, que no parecía ser empleado del bar, hablaba de “beboteo”. El resto lo miraba absorto, como esperando el doblaje o al menos los subtítulos. Beboteo, explicaba inflando el pecho, como la rubia esa que estaba con Francella, la Salazar, ¿era? Así me dijo la mina esta, que le gustaba bebotear. Se rieron, algunos más exagerados que otros. Mi mozo se hizo el boludo y aprovechó a traerme la cerveza y un vaso que aparentaba ser mucho más frío de lo que era.

Entró un tipo con varias valijas y bolsas deshilachadas. Se acomodó en la mesa debajo de la tele. Atrás suyo venía un perro desteñido por el hollín de tantos años de estación. Le dolía cada paso que daba. Dio un par de vueltas por las mesas vacías y se fue. Ni siquiera tuvo fuerzas para olfatear la milanesa que el mozo me puso frente a la cara.

A los pocos minutos empezó el desfile de comida en la mesa del nuevo cliente. Desde donde estaba alcancé a ver el lomito completo, con la yema de huevo que parecía el atardecer que había visto un par de horas atrás sobre la sierra. Una fuente entera de papas fritas. Miré las mías y me entristecí un poco. Además, pidió una canasta de pan, dos sobres de condimentos de cada uno y una botella de Pepsi de litro y medio. Había equipaje y alimento para una familia entera, pero ahí estaba el tipo, tragando sin masticar la carne, el pan y la soledad.

Siempre estamos solos en una estación de bondis, pensé. Sobre todo de noche. Por eso comemos, chupamos, fumamos y vamos varias veces al baño. Incluso compramos y hacemos sudokus y autodefinidos con la cara de Darín. Todo, para que la nostalgia no nos derrumbe. O la ansiedad, si sos de esos afortunados que está empezando un viaje.

Sospecho que de todos los que estábamos ahí, yo era el único que tenía que volver. El hombre de afuera que tomaba lento su litro de Quilmes y la señora que se refrescaba con un café, parecían haber detenido el tiempo ahí. Cada tanto alguno de los dos hacía alguna seña, soltaba una frase corta o tomaba un sorbo. Podría apostar que acababan de despedir a un hijo que volvía a sus estudios en alguna gran ciudad. El flaquito de los bigotes de anchoa seguía con su compu, chupando Wifi y vino. Hacía días que estaba sentado ahí. Yo estaba de paso. Nada me unía a Río Cuarto, ni al hombre que seguía metiéndose cosas por la boca, ni a la ronda de mozos y beboteos, ni a los padres orgullosos que seguían con su mirada el trayecto invisible de su hijo. Tampoco tenía que ver con el flaco de la computadora, que bien podía estar laburando como viendo una porno, ni al perro sin olfato ni color, ni al hombre sentado en el baño que tarareaba una canción indescifrable.

Todo lo que me rodeaba parecía ser ajeno a mí. Sin embargo, ahí estaba. Una soledad más entre tantas. Una noche pegajosa de miércoles de febrero esperando por volver, deseando que la melancolía no me encuentre. Dudando en ir una vez más a mear o armarme un cigarro, fumar y esconderme entre el humo del tabaco y de los caños de escape.

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