El arte que te parte (la cabeza)


Por Manuela Otero

¿Qué persona que se dedique a algo remotamente parecido al arte no ha sido increpada alguna vez por un fanático de las definiciones precisas, urgido por entender por qué ese cuadro todo blanco, esa tela llena de manchas, y hasta esa pelota de tenis en la esquina de un museo, es ARTE? Todos los que nos dedicamos a esto hemos desarrollado una respuesta (instinto de supervivencia) para contestar a esta pregunta. Déjenme decirles que no es tarea fácil ya que por lo general los de esta especie vienen acompañados de mucha impaciencia, agresividad, y ganas de vernos caer en el intento. Nosotros entonces tenemos que tomar el desafío y responder muy rápido y conciso, ya que tampoco admiten respuestas largas o demasiado elaboradas. Pero seamos justos, no todos son así, algunos tienen la inquietud sincera y para ellos va dedicado este texto. 

El arte es algo muy difícil de definir, yo misma he desarrollado una adicción a coleccionar definiciones de arte a lo largo de los años. Personas que merecen mi respeto discuten, coinciden y se contradicen en las hojas de mi viejo cuadernito de Chagall. Lo cierto es que el arte no tiene una definición única y no ha cumplido la misma función en todas las épocas. La premisa de la que sin saberlo se aferran los que dudan, es la del arte por el arte. Y esta concepción tan aceptada socialmente de lo que el arte es- la idea de que este justifica su existencia por sí mismo– más allá de cualquier utilidad o función), es de hecho muy reciente.

En la antigüedad, hace aproximadamente 5000 años en la región mesopotámica (esa que a Estados Unidos le encanta invadir), el arte existía únicamente con una finalidad ritual. No se valoraba el objeto artístico por su belleza sino por su utilidad. A nadie se le ocurría ir a mirar una escultura o un relieve y analizar la habilidad del escultor, lo bien representado que estaba el rey o qué buen ojo tenía el artista para capturar el instante; ni muchísimo menos. Vamos a dar un ejemplo, “Los orantes del templo de Abu”, unas figuritas sumerias muy simpáticas con sus manos en forma de oración que hoy están en un museo, fueron creadas para representar a gobernantes y sacerdotes. Los ponían al lado de las esculturas de sus dioses, ya que se creía que la estatua tenía la fuerza y el poder de transmitir la plegaria al dios, y de recordarle lo buenos tipos que eran ellos. Por supuesto solo gobernantes y sacerdotes tenían el enorme beneficio del mensajero privado.

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Los orantes del templo de Abu

Otro conocido ejemplo son los “Toros de Khorsabad”, que con sus 5 patas y sus peinados muy cuidados no fueron hechos para adornar los pasillos del Louvre y ser mirados por lo lindos que son (que lo son), sino para custodiar y proteger a la ciudad de Sargón 8 siglos antes del nacimiento de Cristo. Se imaginan en qué andaba el Louvre en ese entonces… Esto de la “función” de las esculturas y pinturas no era cosa de estos dos ejemplos sino de TODO lo que se hacía en este período y que hoy tenemos en nuestros museos y consideramos arte, en el sentido moderno del término.

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Pensemos en los relieves y pinturas egipcias, con personas de perfil a las que les vemos el torso y los ojos de frente, y sin falta todas las extremidades. Gran parte de estas obras, junto con todo el oro y riquezas acumulados en vida, formaban parte del ajuar funerario del gobernante. Para ellos no se trataba de pintar de manera mimética la realidad sino de que se vieran bien todas las partes, para que Ra no permitiera que a este hombre le faltara un brazo, ya que así como estaba pintado se iba a vivir su vida al más allá. Ni hablar de los artistas, nadie nunca dijo “qué interesante carrera artística que hizo el escultor de estos toros”, porque nadie nunca supo quién los hizo. Y esto siguió así por siglos.

Tenemos un paréntesis muy interesante con los griegos y los romanos, esa chispa de luz de la antigüedad. Ellos sí tenían unos pocos artistas de renombre y sus esculturas no encontraban parangón en la realidad porque estaban idealizadas, es decir eran representaciones de hombres y mujeres con características ideales que por supuesto no existían. Algo así como la pierna izquierda de Messi, los ojos de Jude Law y el torso de Ryan Gosling; todo en uno. Además las esculturas tenían muchas funciones también, como la de la propaganda. Recordemos que no había nada parecido a una cámara de fotos y a todas las imágenes había que pintarlas o esculpirlas. ¡Qué importante ejército de escultores tendría la Coca Cola Company si no se hubiera inventado la fotografía!

Hay una enorme cantidad de bustos de gobernantes que podemos ubicar en tiempo y espacio gracias a los peinados de moda. Como las esculturas estaban idealizadas, si se usaban los rulitos no importaba si Marco Aurelio era gordo y pelado, lo inmortalizaban con rulitos y musculoso. Curioso giro dio la historia que más de 100 años después de la invención de la fotografía nos regaló el photoshop, y con él la oportunidad de ser un poco más como los romanos.

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Con la Edad Media, esa mal llamada edad oscura, se perdió toda esta destreza en la representación por una serie de cuestiones que no vienen al caso y el arte de este período podría resumirse como el aparato propagandístico de la Iglesia Católica. Muy pocos leían y había que enseñarle, de alguna manera, a una enorme cantidad de gente lo que decía la Biblia. Entonces, casi todas las imágenes eran consideradas la “Biblia pauperum” (biblia para los pobres). Los artistas eran artesanos, lo mismo que un carpintero o un herrero, así cobraban, ni un centavo más y de firmar la obra ni hablar. Y sin embargo, a nadie se le ocurre preguntar parado frente a un retablo medieval: ¿Por qué esto es arte, eh? ¡¿Eh?! Una pregunta tanto o más válida que la que muchas veces escuchamos frente a una pintura de Pollock, que en definitiva fue hecha para estar donde está. 

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Con esto no estoy diciendo que una pintura medieval, o un relieve asirio, o una escultura romana sean exactamente lo mismo que el cartel luminoso de Coca Cola en Corrientes y 9 de julio, pero díganme si no es al menos algo para pensar. Ya llegará, muchísimos años después, el pop art con Andy Warhol a la cabeza, para mostrarnos cómo ésta no es una idea tan loca. Pero todavía falta mucho. Para entenderlo a él tuvo que existir Marcel Duchamp, nuestro único héroe en este lío. Ese que un día a principios del siglo pasado metió un mingitorio en un museo, lo dio vuelta, lo firmó y le puso “Fuente”. Ese que le arruinó la existencia a tantos historiadores, críticos y trabajadores del arte, que desde entonces tienen que armarse de valor cada vez que entran a los museos de arte contemporáneo de este mundo. Pero para Duchamp faltan muchos siglos, guerras, revoluciones, inventos y artistas que ya habrá tiempo de debatir en otra ocasión.

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