El amor mata


Una por la mañana ni bien te levantás y la otra antes de dormir. No importa el horario, pero es importante que cumplas estrictamente con esa condición: la roja primero, la azul después. Si creés que no vas a poder seguir el tratamiento estos tres meses es preferible que me lo digas ahora, las reacciones adversas pueden ser graves y todavía no tenemos estudiado por completo lo que puede pasar. ¿Se entiende?“. Las palabras de Juan, vestido de blanco y con una seriedad como nunca lo había visto, le volvieron a dar vueltas en la cabeza. Era la tercera noche sin dormir, las primeras 72 hs. desde que había decidido dejar el tratamiento sin mucha explicación, y la primera vez en su vida que sentía a la muerte deambular cerca. Su departamento era lo más parecido al de un yonki adicto al crack: comida de delivery por todos lados, las persianas bajas sin dejar pasar una gota de luz, el televisor mostrando imágenes incomprensibles y ropa tirada por todos lados. Un olor semi putrefacto decorando cada rincón y restos de vómito desparramados por el baño. El sillón del living se había transformado en la cama y la cocina reclamaba intensamente que alguien lavara la pila de platos que estaba al borde de caer. 

Julián estaba acostado en el sillón casi en posición fetal. Sus ojos irritados de tanto llorar no le permitían prestar atención al sinfín de imágenes que pasaban por la televisión.Ya no importaba si era una serie, una película o un programa de política. Estaba de fondo, decorando el ambiente y haciendo su agonía aún peor. “¡Tres meses! ¡Por qué no aguanté tres meses!”, se preguntaba una y otra vez mientras se retorcía del dolor de panza y sentía un gusto ácido y caliente subir por su garganta. Le habían faltado solo 21 días de tratamiento, pero al parecer la advertencia de su amigo médico tenía razón de ser. Y lo peor de todo es que sabía que esos dos meses y monedas no iban a servir de nada…

La mañana del siete de agosto había sido la última que se vieron las caras después de casi cuatro años de convivencia. Julián venía sospechando hace un tiempo que las cosas venían mal, pero su amor por ella era incondicional. O eso creía. Era de esos tipos que se aferraban tanto a la idea de amar, que por momentos se olvidaba lo que significaba y se volvía por demás egoísta. Otras parejas -porque sí, era de esos que saltaba de relación en relación- le habían reclamado que a veces parecía un adicto, uno de esos que se ponen ciegos y no ven nada más allá de lo que los vuelve locos. Él era así con el amor, y creía no tener cura. Por eso, esa mañana, el corazón se le rompió en dos y algo en él creyó no tener una salida lógica. 

Las idas y vueltas del último año denotaban que algo se había oxidado en esa “pareja perfecta” que tanto había idealizado y que muchas veces le habían destacado con elogios. Los besos se habían amargado tanto que los labios de ambos parecían arrugarse cada vez que se tocaban. El sexo, áspero y frío, tenía como punto en común la precocidad. Y la química, esa famosa conexión que los había encontrado de casualidad una tarde en el Kónex y que los unió durante años, se había disuelto con poca efervescencia como un Alikal vencido en agua. 

Después de algunos días de agonía, lamentos e intentos desesperados por recuperarla; Julián recurrió a una de las únicas personas que creyó podía salvarlo: Juan, su amigo médico, especialista en adicciones. Hace un tiempo le había comentado de un  nuevo medicamento, todavía no lanzado a la venta, que pretendía combatir pulsiones muy parecidas a las provocadas por el amor. Según había explicado una noche entre cervezas y con un lenguaje bastante accesible, se lograba a través de la liberación intensa de serotonina en el cerebro y la segregación de millones de neurotransmisores de dopamina. Eso sumado a una dosis alta de un antidepresivo todavía no estudiado más un químico que daña la memoria de largo plazo podía transformarse en una combinación letal parecida a la del éxtasis, pero con objetivos neurálgicos distintos. Juan se lo había advertido, esta droga no era la misma que uno usa para salir de joda y pegársela a la noche. No. Este proceso químico, todavía en proceso de investigación y análisis, podría provocar efectos alternos a los de combatir una adicción. Por eso sus palabras aquél día. Por eso su preocupación…

Pensó que quizás la mejor opción iba a ser llamarla. Escuchar su voz por primera vez en todo este tiempo. Contarle por todo lo que había pasado en estos meses. El tratamiento. Esas primeras semanas perfectas donde su cerebro parecía haberse olvidado de ella. La desintoxicación de su adicción. O lo que él creía llamar así. De sus noches y días tomando la pastilla roja y azul. De esa mañana después de la última cita que tuvo antes de desmoronarse. De cómo un simple gesto de una desconocida, esa caricia por detrás de la oreja acomodandole el pelo como solía hacerle ella, le cagó la vida en un instante. Le trajo como una tormenta todos esos recuerdos borrados, ignorados y dejados de lado con ella. Esas mañanas llenas de café, los primeros bostezos con las patas entrelazadas, los infinitos planes de viajes que nunca hicieron, las noches largas de fideos con los ojos chinos y series, las caminatas sin rumbo por las callecitas de San Telmo. De repente su cabeza no podía dejar de recordarla. No podía dejar de mostrarle imágenes de ella. De su mirada intensa y sus ojos verdes clavándose en los suyos. Su sonrisa torcida con las paletas un milímetro salidas de los labios y sus rulos revoloteando en el aire. Sus manos acariciando su cara. Su voz, dulce y suave, diciéndole que todo va estar bien.  

Una puntada en la sien lo alarmó y lo recompuso en el sillón. Eran cerca de las tres de la mañana. Su cuerpo desnudo y escuálido pedía a gritos un manotazo de ahogado. Una ayuda. Alguien o algo que lo rescatara y lo sacara de ese infierno. Quiso gritar, pero solo un pequeño eco rasposo pudo salir de su garganta. Hizo fuerza con sus brazos y se paró. Sintió por primera vez que su vida, corta pero intensa, estaba llegando a su fin. Buscó entre la basura su teléfono. Quería volver a escucharla. Poder despedirse. Su mente solo pensaba en ella y le proyectaba imágenes de cuando todavía reían. Puso el dedo gordo en el lector de huellas de su iPhone y lo desbloqueó. Buscó en Whatsapp su número, pero se acordó que lo había eliminado. Los recuerdos seguían apareciendo y lo torturaban con fuerza. Los paseos en bici por el Rosedal, los recitales en Niceto, la escapada a Pinamar. Abrió Instagram con la intención de escribirle un mensaje. Pero cuando tecleó su nombre la aplicación le devolvió un extraño “usuario no encontrado”. La puntada se hizo mucho más fuerte y un mareo le trajo una nueva arcada. Se desesperó y abrió Facebook, Twitter, los mails… La vista borrosa ya no lo dejaba ni escribir con certeza. Las imágenes con mayor intensidad lo llevaban a la cama. Ella acostada en su pecho sonriendo. Su brazo derecho cubriendo su cuerpo y sus dedos recorriendo sus piernas de principio a fin. Sus labios rozando los suyos. Su respiración intensa. Su olor dulce…

Julián sintió que no había salida. Que no tenía escapatoria. Había intentado por todos los medios olvidarla. Había intentado curarse de esa puta adicción. Pero ahí estaba, envuelto en esa tormenta de recuerdos. Atormentado por lo que habían sido momentos inolvidables. Retorcido del dolor y ya sin mucha esperanza se acordó de las últimas palabras de Juan el día que le dio las pastillas: “No te olvides que el amor es peor que una adicción. Por eso no hay cura. Por eso no se va. Por eso vuelve. Por eso lastima. Y por eso, mata”. 

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