Domingo a la tarde


hermanos, familia, muerte.
Las relaciones entre hermanos tienen idas y vueltas.

Quizás este mundo no fue hecho para alguien como yo, me dijo con el filo encandilándole la pera. Yo estoy sentado, aburriéndome con un café y un cigarrillo. Jugando con las cenizas en este domingo lento. No levanto la mirada, no veo el reflejo pálido que desprende el cuchillo. Su voz me parece lejana, de otro tiempo. Como si me estuviera hablando la Mariela de otra época, de los años cuando salíamos a juntar ciruelas. No es una voz peligrosa, suicida. Debe querer llamar la atención, pienso mientras fondeo el café ya tibio. Siempre fue igual. Sobre todo desde que mamá no está. Ella solía consentirle los caprichos. Como aquella vez que amenazó con tomar lavandina si no le compraba un monopatín. A las pocas horas, ya estaba rayando, con las ruedas, la madera del pasillo. Por mí, se hubiera empachado con Ayudín. Pero ahora mamá no está, y el filo del Tramontina pincha su piel como si fuera un mosquito que de a poco entra en confianza. Algo rojo se asoma. Es menos que una gota, pero se huele. Apago el cigarrillo y me quedo sentado. La miro. Tiene los ojos más hundidos de lo normal. Empujo la mochila que está sobre la otra silla que hay en la mesa de la cocina, invitándola. Tiene el cierre abierto, varios libros y una carpeta salen disparados. Le hago una seña de perdón con la mano y me agacho a juntar lo desparramado. Ella sigue de pie, dura. Me sigue con la mirada. Levanto el libro de inglés, uno de historia, otro de lengua y por último la carpeta. Varias hojas que estaban sueltas se diseminan por el piso. Trato de agarrarlas sin leer nada, pero quedo de frente a una que tiene mi nombre en el título.

“Carta para mi hermano Carlos”

Muevo la cara rápido como si me hubiera encandilado mi propio nombre. Es una carta suicida, pienso. Tiemblo. El silencio empieza a molestar cada vez más. Mariela, mi hermanita, sigue petrificada como cuando jugaba a las estatuas, hasta hace no mucho tiempo atrás. Yo no sé qué decirle. Hace años que no lo sé. La muerte de mamá me dejó huérfano de padres y de hermana. Como si el título de hermano mayor caducara con la desaparición de los padres. ¿Hermanos ante quién? ¿De dónde?

Desde entonces vivimos en esta gran casa, vieja y fría, con alguien que se hace llamar Tía Graciela. Cada uno con su habitación, pueden pasar varias semanas sin que nos crucemos. Ni siquiera por las mañanas nos vemos. Yo salgo volando al colegio, sin desayunar.

Ahora la “tía” está de viaje, y la casualidad hizo que me agarraran ganas de un café al mismo tiempo que a mi hermana la idea de clavarse un Tramontina. Abro la boca como para decir algo de hermano mayor. No se me ocurre nada, de pedo me acuerdo el nombre. Tampoco puedo convencerla de que la vida es genial, porque no me lo creo. Quizás deberíamos matarnos al mismo tiempo. Uno, dos y…¡ZAC! Las arterias radiales salpicando hermandad por toda la cocina de Grace. Algo así. Pero ni eso puedo decir. Estoy mudo. Acomodo el cuerpo como puedo y pongo la mano sobre la hoja. La traigo despacio hacia mí. La levanto medio escondida. Miro de refilón a mi hermana. Sigue de estatua, respetando el silencio, esperando que alguna música la saque de ese estado. Después agarro la carta con las dos manos.

“Carta para mi hermano Carlos:

Hola Carlos, ¿cómo estás? Espero que bien. Yo estoy un poco triste. Bastante. Extraño mucho a mamá. A papá no, porque no me acuerdo nada de él, y no tengo porque extrañarlo. Pero a quien más extraño es a vos. Ya no vamos más juntos al cine. No jugamos al fútbol en el pasillo, no me comprás más chicles, no me decís Manivela, no me cantás la canción que me gusta esa de Flaca. Ya no me hablás, no me mirás. Ya casi ni te veo y me tengo que pasar toda la tarde encerrada en mi cuarto porque vos también te encerrás y si salgo me agarra la Tía Graciela y me hace trabajar. Y no quiero. Yo quiero encerrarme con vos y sentarme a escuchar cómo tocás la guitarra, ver como fumás contra la ventana, ver cómo te agarrás la cabeza cuando pifio los nombres de las bandas que escuchás. Quiero verte en la salida del colegio, esperando con cara de culo para irnos juntos a casa. Quiero decirles a mis amigos que tengo el mejor hermano del mundo. Quiero decirles, que al menos tengo un hermano que me cuida. Quiero un hermano. Te quiero a vos.

                                                            Manivela.”

Di vuelta la hoja conteniendo el vendaval como pude. En la parte de atrás, decía “TP de lengua y literatura: Escribir una carta a un ser querido que ya no está.”

Ya no pude disimular. Un volcán explotó y empezó a salir por todos los agujeros de mi cara. Era llanto, eran mocos, era baba. Se mezclaban, se metían y volvían a salir. Era una bola de sonido escapando desde mis órganos. Era la música que necesitaba la estatua para moverse, para dejar el cuchillo en la mesa, para agacharse, abrazarme y llorar conmigo.

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