Desencajándonos


Mientras estudiaba Psicología, me encontré de casualidad con una frase que todavía guardo en algún lugar de mi cuerpo y saco a pasear de vez en cuando. Digo de casualidad, porque era una frase que estaba al principio de un apunte, de esas que no solía leer. Decía algo así como que si un niño marchaba diferente quizás era porque escuchaba un tambor diferente. Le pertenece a Henry Thoreau, escritor norteamericano.

Hasta ese momento nunca había escuchado o leído algo que resumiera tan bien el sentido de la subjetividad. El hecho de que se refiriera a un niño, y no a un adulto, me pareció aún mejor, ya que, es durante la niñez donde hay que detectar ese ritmo diferente y acompañarlo. Porque si intentamos que se amolde al caminar del resto, como un ejército, cuando crezca y trate de volver a su camino, se va a pegar tal mareo, que seguro termine en el piso, si no está ya hundido.

Fueron muchos los que terminaron mordiendo el polvo a causa de gente necia que los hacía regresar una y otra vez al rígido sendero de la normalidad. Yo los vi: niños gordos, petisos, tímidos, sensibles, hiperkinéticos, freaks, artistas, lentos, con dificultades físicas, fóbicos, impulsivos, empujados con fuerza para entrar en los parámetros de esa máquina de hacer chorizos. Los vi desarmándose como carne picada que no puede ligar y se cae por los costados.

Yo caí varias veces, pero tuve la suerte de poder levantarme, pude armarme a mi manera. Juntar los pedazos. Los míos. Ojo, gran cantidad de ese rompecabezas estaba hecho a la medida de lo que querían. Cuando por fin pude romperlo, lo empecé a reconstruir a mi modo, limando algunas puntas, ahuecando otras, agregando subjetividad. Lo sigo haciendo. Es un trabajo que lleva tiempo, que duele, pero que es mucho más honesto. Para eso tuve la ayuda de la Psicología, y claro, de Thoreau y su frase que siempre llevo en mis articulaciones. De a poco empecé a encontrar mi marcha, que aún sigo afinando, pero que se acerca mucho más a lo que yo realmente soy y deseo.

Una vez que me recibí, comencé a ayudar a otros a encontrarla. Empecé a trabajar en diferentes escuelas con niños de diferentes edades y marchas. Me puse a acompañarlos en sus caminos, a esquivar algunos obstáculos, a enfrentar a otros. Y me encontré de todo.

Maestras como Pablina, que presionaba a los pibes, les gritaba, les exigía mucho más de lo que podían, hasta ver sus lágrimas y su transpiración, y gozar de eso. Una auténtica Tronchatoro, en la segunda década del tercer milenio. Otras como Lili, que siempre devolvía un abrazo, o una sonrisa cuando al niño le salía furia por todo el cuerpo y revoleaba lo que tenía a mano, que le daba un lugar, un nombre. Tuve que cortar a Directoras que no le creían a un pibe cuando este deliraba, porque claro, piensan que el delirio es una mentira y hay que cortarla de raíz. Y el pibe no mentía, era su relato, su angustia. ¿Por qué no le creés? Los niños siempre dicen la verdad, sobre todo cuando sufren. Y otras, en cambio, que los sacaban del aula, le daban un respiro, un juego, una oreja. Vi a un nene de tres años vestido de Buzz, llevando a otro de la mano que tenía el traje de Woody. Los vi corriendo felices por el patio. ¿Y quién hubiera pensado que el segundo tenía autismo? Che, pero los autistas también se ríen, eh. Lo que pasa es que ríen de lo que verdaderamente los hace reír. Y eso hay que encontrarlo. Vi también a un adolescente moquear a mares, cuando algunos compañeros le ponían un plumero en la cara, y a otros sacándolo del aula para que respire, porque, claro, era fóbico. Miedo a las plumas, parece absurdo ¿no? Cada loco con su tema, dicen.

Sin comentarios

Dejar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *