Dejá de hacerte el “poronga”


De chico me enseñaron que el que más minas tenía era el más “poronga”. Y cómo también me dijeron que el tamaño importaba, mientras más pibas te levantabas, más “poronga” eras. Hasta convertirte en una “poronga” con patas y ser la envidia del barrio.

Che, ¿pero yo no te enseñé eso? Tranqui, viejo, que no fuiste vos. ¿O sí? Capaz que sí, no en esas mismas palabras ni tampoco fuiste solo vos. Pero de algún modo sí, todo lo que me rodeaba me lo enseñó. Los varones referentes, los varones de mi grupo, la publicidad, los medios de comunicación. Incluso la educación. Sobre todo la educación. No culpemos solo a Tinelli. Fueron nuestros maestros, nuestros hermanos, nuestros padres y tíos, nuestros “héroes”. Fuimos y somos nosotros. Todo fue un caldo de retroalimentación que nos trajo hasta acá. Si alguien tocaba un culo en un boliche, si alguien le hacía un chiste a la “fea” o “gorda” o “tetona” de enfrente. Si alguien se “agarraba” más minas que el otro. Agarrar como si fueran el botín de un juego u objetos de nuestra propiedad. ¿Y si alguien no era parte? Entonces era “puto”, “cagón” y se transformaba en una vagina o en un fantasma. O era el “amigo gay”. Y todo esto pasaba un viernes a la noche, pero también un martes a la tarde.
Y después crecimos y fuimos incorporando nuevos vicios. Conseguimos pareja, le medimos la pollera, la mandamos a lavar platos y hacer ensaladas mientras reímos al calor del fuego de un asado midiéndonos las “porongas”.

Bueno, pero eso ya pasó, ahora estamos deconstruidos, no creo que esté hablando de mí. Sí, hermano, estoy hablando de vos y de mí. No nos hagamos los boludos, no miremos para los costados para ver si solo le salpicó al de al lado. Fuimos todos parte del mismo barro. No importa si hasta el cuello o hasta los tobillos. Bajá la guardia.

Es un momento de revisarnos, de escuchar, de agachar la cabeza y pedir perdón. Es un tiempo para desintoxicarnos. No esquives las balas ni mucho menos quieras hacerle frente. Ponerse a la defensiva no es un buen síntoma. Dejá de hacerte el “poronga”.

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