De Ametralladoras y Mosquitos. Más Ecuatorial que Guinea Parte II


Si todavía no leíste la Parte I, ponete al día por acá.

Sorpresa: en Guinea Ecuatorial pasan canciones de Floricienta en la radio, ¿lo podés creer, tía? Estaba una tarde sentada en la recepción del hotel y de repente me llegó un ritmo conocido, un acento lleno de shés que me hizo sentir en casa por un ratito. Ahí, cerca de Barrancas, tomando un café con leche y pensando en ir a trabajar el lunes. Qué grande Cris Morena. Me quedé sonriendo un rato, sola, pensando en que tenía que acordarme de eso para escribirlo alguna vez.

Al final, como ven, me animé a tomarme el avión a pesar de Ainhoa y de todo lo horrible que Google decía sobre Guinea Ecuatorial. Javier y yo aterrizamos en Malabo de noche, después de una breve escala en Libreville. Llegamos a un aeropuerto chiquitísimo y con bastante miedo de migraciones… ya nos habían advertido. Llené la típica ficha de ingreso como pude. No sé si de nervios, de cansancio o  de las dos cosas, pero me acuerdo de que me temblaban tanto las manos que me costó escribir. No me gusta ver gente armada cerca mío, no me gusta estar rodeada de militares. Bienvenida a Guinea Ecuatorial.

Tomé valor y pasé con el oficial de migraciones. El mini aeropuerto estaba casi vacío. El tipo miro mi pasaporte varias veces y me preguntó por Messi; reí. También intentó pedirme mi número de teléfono con un par de piropos que entendí a medias pero ante mi cara de incredulidad desistió y me dejó pasar. Agarramos las valijas y pasamos por la aduana, que consistía solamente en dos personas que procedían a abrir el cierre de la valija, cerrarlo, y hacerle una marca con tiza sin ningún significado aparente. Guinea Misterio, aguante todo. 

Como dos boludos, Javier y yo, teníamos miedo de salir afuera. Era de noche y ya nos habían advertido sobre la malaria, enfermedad que tiene un nombre aterrador y connotaciones económicas traumáticas para cualquier argentino. No sabíamos bien qué hacer, no habíamos pensado en cómo llegar al hotel y el aeropuerto no contaba con infraestructura para recibir turistas; por no mencionar que apenas había iluminación afuera del edificio.

Javier se puso un buzo aunque hacía calor y yo me envolví en un pañuelo; dos giles intentando zafar de un paludismo ya casi erradicado en esa zona, pero eso solo lo averiguaríamos algunos días después. Ya blindados contra los mosquitos, salimos y de alguna manera conocimos a alguien que conocía a alguien que tenía un primo que tenía un “taxi”; escena que se repetiría varias veces durante nuestra estadía.

El primo del primo de nuestro reciente amigo nos llevó hasta el hotel. No tenía idea de adónde estaba parada ni teníamos plata en moneda local para pagarle. Pocas veces había estado tan perdida y  tan asustada por un par de mosquitos. Volví a respirar solo cuando llegamos al hotel. Eran muchas sensaciones inaugurales juntas. No podía creer que ya estábamos ahí y no podía esperar para ver Malabo a la luz del día. 

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Desayuné frutas, tostadas y café con leche. Me acuerdo de no poder creer todo el verde que veía. Odio el cliché de describir la naturaleza en África como salvaje pero…era eso. Todo en un estado muy vivo, la vegetación comiéndose al cemento, indomable. Olor a humedad y ruido de grillos gigantes. Una montaña verde a lo lejos y carreteras acosadas por árboles espectaculares. Una de las cosas que más me llamó la atención en todos los países africanos que conocí fue eso, los árboles: retorcidos, majestuosos y protagonistas.

Ese primer día bajé la ventanilla del taxi que nos llevaba al supermercado con la radio encendida y respiré hondo el olor a humedad y clorofila. La música de fondo lo hacía más intenso. Sentí muchas cosas que no sé como contar; una pulsión de vida y una sensación de libertad que volvería a experimentar en varias ocasiones viviendo en Malabo. Estar ahí era un combo que me hacía explotar la cabeza, un millón de estímulos nuevos que nadie me había adelantado.

Seguí leyendo! La III parte está por acá 🙂 

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