Cuando éramos niñas


Por Giselle González

Cada vez que miro a Coquito, mi perro, me lleno de ternura y amor. Los ojos me sonríen y me siento un poquito niña otra vez. Una niña feliz, como tuve la suerte de ser. No todos tuvieron esa misma suerte.

Mi amiga Caro, cuando viene de visita y se cruza con Coquito, se tensa y el rictus de su cara cambia, por más esfuerzo por evitarlo que haga. Aunque no lo parezca, al mirarlo, ella también vuelve a sentirse niña. Pero su niñez fue muy distinta a la mía…

A Caro la conocí hace 14 años, cuando, recién llegada de España, empecé a trabajar en una empresa de automatización industrial. No nos caímos nada bien. Ella me parecía que se creía jefa sin serlo y exigía cosas de mala manera; yo le parecía creída con mis aires de superioridad europea (ambas seguramente teníamos razón). Teníamos que trabajar de manera conjunta y esa combinación no sonaba a buena idea. Pero un día, un par de meses después, una lamentable situación sorpresivamente nos unió.

Una tarde Caro sufrió una crisis nerviosa en plena oficina y, con media cara paralizada, la llevaron al hospital. Luego de varias horas y estudios, le indicaron casi dos meses de licencia psiquiátrica. Lo que en principio fue una tragedia, fue su salvación: empezó terapia.

Cuando regresó al trabajo, pasamos de nuestro previo mirarnos con recelo a, repentinamente, ser carne y uña. Ella necesitaba con urgencia ser escuchada por la única persona en su particular entorno que pudiera comprender lo que era ser psicoanalizada; y ahí estaba yo, quien, encima, siempre tuve –y tengo– debilidad por la gente “dañada”.

Aquella crisis nerviosa, que inicialmente se había desencadenado por stress laboral, escondía mucho más que eso: viejos fantasmas de la más cruenta historia familiar que escuché en mi vida.

Esa necesidad suya de compartir todo lo que con su psiquiatra estaba descubriendo –o redescubriendo– se traducía en horas de charlas juntas y café, de llantos y cenas, de temblores y abrazos. No sólo lloraba ella; también temblaba yo.

Tuve el privilegio de tener padres amorosos y una infancia, como les decía, feliz. Al crecer, la vida me mostró realidades distintas no tan generosas. Pero los relatos que compartió conmigo Caro… nadie está –ni debería estarlo– preparado para siquiera imaginarlos.

Ella empezó a compartirlos de a poco. Más que de a poco, in crescendo. No sé si porque ella de a poco iba atreviéndose a revelar los más oscuros… o si porque sabía que yo necesitaría ir preparándome gradualmente para lo peor. Quizás por las dos cosas.

Lo primero que me contó fue que todo estaba relacionado con su padre que había sido violento. Con ella, con su mamá y con sus cuatro hermanos mayores. En el día de su cumpleaños número 7 su mamá aprovechó y se escapó con sus 5 hijitos y que su abuela materna fue quien los resguardó. Todos ellos trabajaban con nosotras, así que para mí no eran nombres sin cara.

También me contó que esos niños, cuando aún vivían con su padre, comían solamente una vez al día… si había suerte. No por falta de dinero, sino porque su padre simplemente así lo decidía. Y, mientras él comía opíparamente delante de ellos, sus pequeños hijos esqueléticos y hambrientos debían mirarlo en silencio.

No recuerda que haya alguna vez recibido una piña o un bife de su padre–patadas sí–, pero la violencia pasaba por otro lado. Como alguna vez su psiquiatra le dijo, no era un golpeador, sino un torturador.

Una de las torturas más habituales era poner en fila a sus hijos, de espalda contra la pared del comedor diario. Muy cerquita, a pocos centímetros de la pared de machimbre tallado con hojas y flores en relieve. Cada niño con los brazos estirados, levantados a la altura de los hombros (como Jesús crucificado), y debían sostener un sifón de soda, lleno, en cada mano. Minutos. Muchos. Demasiados. A veces, horas. Hasta que los bracitos, temblorosos, no resistieran más. Cuando alguno aflojaba un brazo, ¡zaz!, cabezazo contra la pared. Y volver a empezar. ¡Zaz! Cabezazo. El machimbre y sus flores talladas ensangrentándose con el paso del tiempo y la creciente debilidad. Una vez terminado su entretenimiento personal, los hacía, obviamente, limpiar su sangre. A veces incluso, lamiéndola.

“Eso no es nada” escucho todavía a Caro decirme.

Tampoco para ella era nada el que su padre tuviera la costumbre de hacer pis en la pileta de la cocina, delante de todos ellos, en vez de usar el baño. ¿Para qué? ¿Por qué? Simplemente, porque podía.

Recuerdo lo salado de mis lágrimas llegando hasta mi boca cuando me contó que demasiadas veces su padre violaba a su madre delante de sus cinco hijos, todo ellos menores de 11 años. Cada día que veía luego a Susana, su mamá, en la oficina, siempre con su cabeza gacha y sin poder mirar a nuestro jefe a los ojos, se me venía aquella imagen a mi mente y moría de ganas de abrazarla y susurrarle “Ya pasó”.

“Eso no es nada” volvía a decirme Caro después de las mil historias aún peores que me contaba. Eso no es nada…

Pero una noche, en un bar de Palermo, me contó una que sí era mucho más que nada.

“Con cada uno de nosotros tenía algún ritual distinto. A mí me tocaba con mi hermano Nacho. No sé por qué”. Tomaba un trago, miraba la pajita y jugueteaba con ella haciendo girar los cubitos de hielo. “Nos llevaba al patio”. Otro sorbo. El hielo nuevamente mareándose en aquel vaso. “Nos hacía sentar, en el piso. Sin ropa.” Un trago laaaaargo esta vez. “Estaba el perro. Teníamos un perro.” Seguía mirando la pajita y los hielos, imaginarios ahora, que ya se habían derretido. Hacía tiempo. Buscaba fuerzas. Quería quizás borrar la vergüenza. “Lo hacía hacernos sexo oral. El perro… a nosotros.” Ya no quedaba más hielo, ni más trago, ni más palabras, solamente congoja y lágrimas. Y, varios minutos después, un “Y eso no es lo peor, Gi…”

Fue lo último que me contó. Nunca supe qué pudo haber sido peor. Inmediatamente pensé en que el propio padre los violaba, pero no. Sus palabras, cuando esa misma noche le pregunté, fueron “No. No estábamos a su altura siquiera como para que él nos viole. Nos ponía a la altura de un perro.”

Cuando Caro viene a casa de visita y ve a Coquito, se tensa. Nos tensamos. No se menciona nada. Pero automáticamente yo vuelvo a aquel bar de Palermo y ella… ella vuelve a tener 5 años…

 

 

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