Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia…


Estaban sentados en el living de la casa del Gordo en semi-círculo, casi en el mismo orden de siempre: el anfitrión en el centro, a su derecha Delfi y Lucho; y a la izquierda Mica y Gonza. El porro daba la segunda vuelta desde que lo habían prendido y todo parecía indicar que Lucho iba a ser el que le diera la última seca. La del valiente, esa que viene con un poco de sabor a cartón del filtro y te hace toser más de la cuenta. 

Algunos iban mezclando las latas de birra fría con vasos aguados de Fernet 1882 que les habían sobrado de un cumpleaños. “Esta mierda solo se puede tomar con mucho hielo y Coca común, si no es impasable”, se quejaba el Gordo, un fundamentalista del Branca. “Callate que ya vas por el segundo vaso, caradura”, le replicaba Mica desde un costado. Las cartas desparramadas en la mesa eran signo claro de que habían timbeado un rato, como para matar el vicio, y que la locura y el escabio no los había dejado seguir el juego. 

A esa altura, cerca de las tres de la mañana, las banalidades -sumado a que a la mayoría le costaba una vida abrir los ojos completos- habían pasado a un segundo plano. El clima se había puesto un poco más filosófico y denso después de que cambiaran la música de un trap de moda a una oscura electrónica que Lucho había recomendado “porque le habían hecho flashear los videos en YouTube”. Algunos, es cierto, se habían quedado hipnotizados con las imágenes que aparecían en la tele de 42 pulgadas que orgullosamente el Gordo se había comprado en 18 cuotas en el último “hot-sale”. 

Delfi tambaleaba entre dormirse una siesta o sumarse al nuevo debate filosófico que Mica encabezaba con fuerza: ¿por qué trabajar toda la vida si para el momento de jubilarnos va a ser demasiado tarde para poder disfrutarla?. Los comentarios iban y venían, algunos con más fuerza que otros. Lucho con orgullo defendía su puesto “meritorio” como Secretario de un Juez en el Poder Judicial y aseguraba que la clave estaba en disfrutar el trabajo. Y, claro, del jugoso sueldo que podía ofrecerle. Gonza, que había cambiado tres o cuatro veces de laburo, se indignaba y lo trataba de chamuyero. “Hace tres años que vengo ganando lo mismo, si me dieran tus aumentos también me haría el que amo el trabajo… Igual es una mierda este sistema del orto, laburás como un perro por quince días de vacaciones y a los 65 si tenés suerte y el cuerpo -y la guita- te aguantan podés salir a disfrutar un poco”, tiró entre puteadas. “Tenés razón”, lo apoyó Delfi y aclaró que si fuera por ella se iría a vivir a otro lado para no cargar con la presión de tener que hacer lo que su entorno quiere. Deseaba esa libertad, era sabido, pero siempre había algo que la retenía y la obligaba a quedarse en Buenos Aires: un amor nuevo, el cáncer de hígado de su viejo, sus amigos o hasta la promesa de un ascenso que nunca vio venir.  

Era sábado a la noche, y aunque hacía algunas horas habían debatido si salir o no, la noche los había atrapado en una cortina de humo densa que a esa altura los obligaba a quedarse encerrados en esas cuatro paredes. Mica se paró a buscar unas cervezas para seguir la charla hidratada. El Gordo dejó los hipnóticos videos de YouTube y se quiso sumar al debate, pero ya era demasiado tarde. La bola había girado para otro lado. Eran casi las cuatro de la mañana y el tópico se había puesto un poco más jugoso y caliente. Lucho les estaba contando de una salida que tuvo el jueves y que terminó en su casa. La chica que había conocido en un after de laburo no se la quiso chupar a menos que él se la chupó a ella primero. El debate se hizo carne…

Nunca me había pasado”, se quejó Lucho. “Igual no tengo drama eh, pero la mina me lo dijo como si fuese una obligación hacerlo”, agregó. El Gordo se estalló de la risa. Como si alguien lo hubiese despertado de una siesta larguísima haciéndole cosquillas. “¡Sos un hijo de puta! A mi no me queda otra amigo, yo bajo por defecto y aprendí a hacerlo bien. Soy ese gordito cariñoso que con la lengua hago que me confundan con Brad Pitt”, dijo mientras buscaba el picador para hacer un nuevo y último porro. El del knock out. Mica los miró a los dos. Con un poco más de furia a Lucho que al Gordo, y arrebató directo. “Boludo, pareces un Neardenthal. El sexo es igual para los dos, ¿qué te crees que a las mujeres no nos gusta que nos la chupen? Me recontra excita, pasa que es difícil encontrar alguien que lo haga bien… Y encima hay cada boludo que lo hace y a los dos minutos te viene con la boludez de que se le durmió la lengua. ¡Mamiiiita!”. 

¡Siempre tan sutil boluda!”, tiró Delfi desde una punta entre risas. “No sé si se lo pediría a alguien a cambio de chuparsela. Qué se yo, cada uno hace lo que quiere. Es medio border igual…”. Gonza se buscó una última lata fría y apuró al Gordo para que prendiera el porro y dejaran los debates sexuales para otro momento. Uno más lúcido. “Ya fue loco, a mi me re va hacerlo. Pero más que hacérselo yo a alguien, creo que pagaría por verlo al Gordo transformarse en Brad Pitt entre lengüetazo y lengüetazo”. Esa imagen, la que todos hubiesen pagado por ver, no se iba a materializar esa noche. No quedaba otra que reír y fantasear… 

El sonido del gas de la cerveza expulsándose de la lata sirvió para que un éxtasis general invadiera el cuarto y que la líbido quedara para otra charla. Las risas y la impaciencia aumentaron. La ronda volvió a formarse, pero esta vez la playlist había virado a un tono más nostálgico: Shakira y su ¿Dónde Están los Ladrones?, Diego Torres entonando Tratar de Estar Mejor y el Unplugged de Maná eran parte de un “karaoke” improvisado. Un par se pusieron a cantar fuerte esos clásicos inoxidables, mientras otros sentados agitaban los brazos como si se tratara de un boliche encerrado en una cápsula del tiempo. El Gordo le pasó a Lucho el porro para que lo prendiera. Una bocanada honda y se lo dio a Delfi. Lo agarró con el dedo índice y el pulgar de la mano derecha, y respiró una mezcla de humo y oxígeno que perfumó todo el ambiente. Giró entre Mica y Gonza, para que el Gordo le diera una última seca y lo apagara a medio terminar. 

Me voy que mañana tengo asado con la familia. ¿Alguno me abre?”, deslizó Mica ante un abucheo generalizado. “Dale, ya fue, yo también me voy”, siguió Gonza. “Bueno, dale, arranquen que entonces me tiro a ver una serie re loco y me quedo dormido. Yo les abro a todos”, apuró el Gordo. “¿Alguno para hacer alguna mañana a al tarde?”, preguntó Delfi. Se miraron entre todos. No hubo necesidad de una respuesta. Eran las 6 am del domingo. Mañana ya no iba a ser mañana. Aunque seguramente la ronda se iba a volver a formar, el porro iba a volver a girar y las cartas iban a tener otra oportunidad. 

Ilustración: Gustivo Tedeschi

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