Como niños jugando en el mar


Por María Emilia Cadenas

“La naturaleza es sabia”, es una frase que aparece de manera recurrente en libros y películas. Yo supe comprenderla aquel verano en donde, llena de dudas sobre mi futuro y una lista de condicionantes de mi pasado, me senté frente a la inmensidad del mar y me dejé llevar al son del romper de las olas. 

Eran cerca de las 6:00 de la madrugada cuando con desgano, después de esfuerzos vanos por intentar callar a mi cabeza experta en rumiar, salí de la cama. Otra noche en la que no puedo pegar un ojo, pensé. Casi de pijama y con las ojeras por el piso me dispuse a andar. Caminé hacia la costa guiada por el olor de la panadería de la cuadra, que me perseguía desde hace tres días. Compré unos churros y un café, no era fin de semana pero nadie podía decirme cuándo y cómo darme un permitido. Nada más útil que comida chatarra para mejorar un día que empezó con el pie izquierdo, era el argumento perfecto.

La playa estaba desierta, solo podía observar entre las piedras a un pescador, que con la mercancía de la noche, recogía la caña listo para volver a su hogar. Tendí la lona, me descalcé y con los pies enterrados me limité a observar la masa de agua salada que se movía frente a mis ojos y parecía no tener fin. En esa calma las horas pasaron volando, el paisaje reflejado en el espejo de agua cambiaba de color guiado por el movimiento del sol que se alzaba en el cielo.

La soledad en la que estaba inmersa se rompió entre gritos, motores y la banda pop del momento, que se sentían cada vez más cercanos. Faltaban 15 minutos para que se hagan las 9:00 y la playa ya empezaba a poblarse cuál hormiguero. Cada grupo era diferente, familias, amigos, parejas pero todos llegaban cargados con conservadoras, sombrillas, reposeras y enormes bolsos.

Los niños, llenos de ansiedad, corrían descalzos sobre la arena que empezaba a quemar, para saltar la primera ola. Mientras los miraba mover sus piernas a toda velocidad, entendía que en este escenario el miedo no los paralizaba, al contrario, los impulsaba a seguir avanzando en medio de lo desconocido; conscientes de que paso a paso se acercan  más a ese monstruo que los hace rodar hasta la orilla. 

Dejando de lado el gusto amargo que deja la caída y la sal que, sin pedir permiso, llegó hasta la garganta, se levantaron entre risas. Desde la orilla, con el cuerpo raspado pero con más énfasis que antes, se propusieron superar la distancia alcanzada minutos previos a la caída. 

“En esa parte está el pozo”, gritó el más grande indicando a su hermano por donde debía caminar, no iban a volver a cometer el mismo error. El aprendizaje que trajo aparejado el revolcón, los volvió más fuertes y capaces, sabían en qué momento zambullirse, en qué otros saltar y ya eran inmunes a la temperatura del agua, que a mi todavía me hacía temblar cuando desprevenidamente me tocaba la punta de los pies. 

No podía dejar de contemplar a estos dos niños jugando en el mar, es que de eso se trata, jugar a vivir, arriesgarse como en cada ola; entender que la caída, la falla, el error es parte de un proceso natural, que se repite como la formación de la marea. 

Constantemente nos enfrentamos a nuevos desafíos. Que lindo sería dejarnos arrastrar entre carcajadas que tapen el sabor a angustia y que el tiempo, al igual que el efecto de la salitre del mar sobre la piel, cicatrice las heridas.  

Es el mar, el que dentro de su infinidad de sorpresas, nos enseña que todo pasa y todo se renueva. Solo queda disfrutar ese instante en el que el tiempo se detiene porque decidiste saltar esa ola difícil que tanto pavor te ocasiona, y envuelta en incertidumbre líquida; tus pies ya no tocan el suelo, quedás suspendida, flotando. Llegaste. 

Por ahora.


El texto surgió en el Taller de Escritura Creativa de Revista Wacho.

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