Como criar un hijo en la calle: los inicios


Cuándo era chiquito todos en el barrio me decían Tomasito, aunque mi verdadero nombre es Juan Carlos. Me decían así, porque mi papá se llamaba Tomás”.

Ese es el primer recuerdo que le viene cuando le pregunto sobre su infancia. No lo dice con nostalgia, pero me lo dice sin mirarme a los ojos.

En el colegio mis compañeros también me decían Tomasito. Me acuerdo de Montenegro, Crespo, Diego Ruper, todos pibes que estuvieron conmigo desde primer grado hasta séptimo”.

¿Y después?– Le pregunto.

¿Qué?

¿Los seguiste viendo?

No

A los trece años dejó el colegio y empezó a escaparse de su casa. Ninguno de sus compañeros lo sabía, pero Tomás, su papá, era alcohólico y cada vez que se sentía frustrado se descargaba con su hijo.

Aunque apenas era un adolescente, tenía clarísimo a dónde ir cuando necesitaba huir, la estación de trenes de Constitución.

En esa época, Constitución era como una especie de paraíso para pibitos en fuga. Estaba repleto de jueguitos electrónicos y una banda de chicos dispuestos a recibir a uno nuevo. Su primer amigo fue El Tatín, él le presentó al resto: El Tiburón, Terremoto, La Panqui y Cara de Goma. Enseguida esta banda le hizo un lugar.

Eramos re cachivaches, re barderos”. Esto si lo dice con una sonrisa y empieza a contar un sinfín de anécdotas que confirman que realmente eran “re barderos”.

Cada vez que volvía a su casa, le daban ganas de no ir nunca más. “Cuando mi papá estaba fresco era una persona buena, pero cuando tomaba alcohol se olvidaba de todo, se volvía agresivo”.

Hubo un día en que su papá se puso un poco más agresivo de lo normal. Le pegó tanto y tan fuerte que le quebró una costilla y lo dejó internado.

Cuando me dieron el alta me dio tanto miedo volver a mi casa que llegué a la puerta y me fui. Esta vez decidido a no volver. Me juré a mí mismo que cuando cumpliera dieciocho años iba a buscar a mi papá y lo iba a lastimar”.

Aunque sus amigos tenían historias bastante parecidas a las de él, volvió a Constitución sin contar nada de la internación. No quería ponerle palabras a ese episodio, prefería olvidarlo, que no formara parte de su nueva vida.

A partir de ese día Tomasito dejó de existir, él ya no era el hijo de nadie. Adoptó como propio un nuevo nombre, el que le habían puesto en la calle, Cacho.

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Con trece años Cacho se convirtió en su propio dueño. Tuvo que aprender a garantizarse cada día su propia comida, un lugar cómodo para dormir y lo que no es menor, las armas para poder defenderse, porque si hay algo que sobra en la calle son adultos carnívoros.

Una vez quisieron abusar de mí. Me agarraron entre tres. Pude zafar, salí corriendo y fui a buscar a los pibes. Los corrimos pero nunca los alcanzamos”.

Y aunque en ese momento para él solo ese tipo de adultos eran abusadores, hoy se da cuenta que hubo otros que de otra forma también abusaron de él.

Me acuerdo de Carita de Angel, Trompetita, El Zapatero, El Tucumano. Gente grande que paraba en Constitución y que nos enseñaban a robar, a punguear. De ellos aprendí siempre lo malo, nunca lo bueno”.

¿Y no había nadie zafable en Constitución?- le pregunto.

Estaba El Viejo Marcelo y La Juanita. Ellos nos enseñaban a portarnos bien. Nos explicaban que no había que hacer bardo. Pero los escuchábamos poco”.

Así fue que a los catorce Cacho empezó a parar en institutos. “Ahí tuve que aprender a pararme de manos con todos los pibes más grandes. Amanecía cada dos por tres con los ojos negros”.

Las mayores roscas se armaban entre los distintos bandos. Además de la junta de Constitución, estaba la de Lavalle y la de Retiro. Todos pibes de la misma edad y con historias bastante similares pero que el azar los había llevado a buscar refugio en otra estación. Los hogares servían más como ring de lucha entre estos bandos que como refugio seguro.

Pese a todas estas peleas, los riesgos de ser abusado y el tener que dormir sin techo los días de lluvia, para Cacho la calle era más segura que volver a su casa. Ahí se sentía con armas, en su casa en cambio, se sentía indefenso.

Todo eso cambió el día que cumplió dieciocho años. Estaba decidido a realizar la promesa que se había hecho a sí mismo. Siendo mayor de edad se sintió capaz de poder enfrentar a su papá.

Obviamente que no se hizo ni más grande ni más fuerte de un día para el otro, pero los cinco años que pasó en la calle, le sirvieron de entrenamiento físico y emocional para poder tener el coraje de enfrentar su peor miedo.

Un conocido le prestó una pistola, tanta bronca acumulada no se resuelve con un par de piñas. Llegó a la puerta de lo que alguna vez fue su casa, entró sin preguntar, recorrió cada ambiente hasta encontrar a su papá. Lo miró, le apuntó y se largó a llorar. No se animó a dispararle, pero tener un arma le dio la seguridad para hacer lo que realmente quería y que nunca se había animado.

Le pude decir todo el daño que él me había hecho. Le recriminé que no me haya permitido tener infancia, que no me haya dejado ser un chico”.

Aunque Cacho nunca volvió a vivir a su casa, a partir de ahí la relación con su papá empezó a cambiar. La balacera de palabras fue más efectiva que cualquier arma de fuego. Se siguieron viendo hasta el día que su papá murió.

Cuando tenía setenta y cinco años me invitó un sábado a comer un asado a su casa. También fueron mis hermanas y mi vieja. Delante de todos me pidió perdón y dijo que me quería mucho”.

El jueves de esa semana Cacho llamó a su casa para ver cómo iba todo. Su mamá lo atendió llorando, su papá había fallecido.

De ese día hasta hoy pasó muchísimo tiempo. Hoy Cacho tiene 43 años y sigue viviendo en la calle. Hace un año se le apareció Fabricio, un chico de dieciséis años que decía ser su hijo. La historia cerraba, Fabricio era hijo de Carina, una chica con la que Cacho salió y dejó embarazada.

Fabricio le contó que Carina había caído presa y que él quedó a resguardo de su padrastro, un tipo que cuando tomaba se volvía boxeador. Nadie más que Cacho podía entender lo que le pasaba a Fabricio. Aunque en un principio la inseguridad lo invadió, Cacho no dudó un segundo en asumir el nuevo rol que le había tocado. Se animó a ser papá, aún cuando el modelo que tuvo no fue el mejor, sabía perfectamente lo que era ser hijo y eso ya era suficiente.

Leé también:

Cómo criar un hijo en la calle Parte I
Cómo criar a un hijo en la calle Parte II

3 Commentarios

  1. Gracias por compartir esta historia 🙂

  2. […] Leé la segunda parte: El pantalón. Leé la tercera parte: Los inicios. […]

  3. […] Leé la primera parte “Como criar a un hijo en la calle” Leé la tercera parte “Los inicios“ […]

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