Cómo alcanzar una educación inclusiva


Por Corina Gonzalez Tejedor

Para muchos Silvana Corso es solamente la nominada argentina al “Nobel” de maestros. El Global Teacher Prize (Premio Mundial al Maestro) la tiene entre los 50 finalistas de todo el planeta para adjudicarse el galardón. Se puede llevar un millón de dólares por ese estímulo y un gran plan para el futuro de su proyecto. Pero esta mujer para los que somos mamás y papás en la discapacidad, es un gran referente hace años.

Yo soy la directora, pero la clave de esta escuela son todos los docentes. Se reinventan todos los días. Todos los días son un misterio. Nunca sabemos qué va a pasar, qué puede explotar. Hay días en que los chicos se brotan y hay que poner el cuerpo“, le dice al canal A24.

Los medios la llaman “heroína” mientras ella insiste que este premio es un llamado de atención para que empecemos a entender la inclusión como cultura. Y nadie parece entenderlo así, hablan de su historia personal y la hazaña…o de la coyuntura o….

La periodista de la tele alza la voz y dice “si tenés razón  pero además esos colegios tienen que estar en condiciones“. Como si existiera la necesidad de un mínimo además. La verdad es que, no solo no existe la necesidad de ese “además” sino que, muy por el contrario, tampoco existe la necesidad de que ningún periodista proclame con vehemencia algo, cuya urgencia necesita más entendimiento que volumen. No me meto con la periodista, me meto con el mundo laboral que habito. A los medios no parece interesarles Silvana o lo que tiene para decir, la ven como la dueña de una “dolorosa” historia, que “superó” de la mejor manera y está llena de color para contar en la tele.

Y ella cuenta, porque sabe que nos atrapa y le sirve porque necesita que nosotros también lo sepamos: “Trabajamos en un contexto de vulnerabilidad social con alumnos que vienen del Fuerte Apache y villas de la zona. También con alumnos con discapacidad. Llevamos muchos años en este camino de inclusión verdadera“.

Es cierto, mi amiga Gaby Naha me lo contó este verano, me habló de las escuelas ejemplo y mencionó Rumania que es la escuela que ella dirige. Tiene 530 alumnos entre los dos turnos. “Trabajamos con la ausencia de padres. En muchos de nuestros chicos, no hay nadie detrás. No tenemos que contar con las familias, tenemos que tratar de involucrarlas”. Está claro que no hay otra posibilidad que la que describe, y ni siquiera habla de que se caiga un techo o que falten tizas. Habla de otra forma de educar, de otra forma de ver a los pibes. Sin metodologías pedagógicas que te inviten a sus mundos progresistas a cambio de fortunas por medio turno en el colegio, hasta que no puedan más con tu niño. Se trata de entender a la escuela pública lejos de la estandarización del alumnado y cerca de los potenciales de cada uno sin dejar de ver quiénes son y que necesitan para poder aprender.

Y ahi viene el cuento que más le gusta contar a la media:

Su rol en la educación nació tras la llegada de su hija Catalina, quien a raíz de una asfixia con el cordón umbilical en el nacimiento sufrió cuadriplejia, sordera y ceguera y falleció a los nueve años. “Lo que yo descubrí con Catalina es que ella también podía aprender. Entonces, dije ‘si puede aprender ella, pueden aprender todos los chicos’. La escuela que la atendió y la alojó le devolvió la condición de persona”.

Ella lo cuenta satisfecha porque lo logró, supo cómo su hija podía aprender, por eso insiste con que todos lo pueden hacer. Porque a ella también la subestimaron ¿Y a vos?

Cuando estaba en primaria, yo que no tenía en realidad ninguna discapacidad real, no aprendía y nadie se preguntaba cómo podían ayudarme para que aprendiera. Con Cata aprendí todo lo que hago ahora. Yo empecé a preguntarme cómo aprendía Catalina. Entendí que había otras formas de aprender que no eran las convencionales“. Y encontrar el camino te hace feliz. Muy feliz.

Las historias de sus alumnos tienen logros que no están reflejadas en las evaluaciones estandarizadas. Como el caso de un ex alumno con parálisis cerebral que estudia derecho en la Universidad de La Matanza y es uno de los mejores promedios. O el caso de un adolescente que llegó a quinto año, sólo se llevó dos materias previas a febrero pero algo pasó: “A veces los atraviesa el barrio y los perdemos en un verano. Así pasó con ese alumno: terminó el verano y no volvió. Le cortaron la cara en un boliche. Lo desfiguraron. Se quedó sin proyecto. Le arruinaron la vida“.

A Silvana no hay que ayudarla con plata, ni proponerle un libro para que haga un best seller con su historia. A Silvana hay que preguntarle cómo se hace para encontrar el camino para que absolutamente todos aprendan.

El sistema educativo general en la Argentina debe evolucionar: “El gran problema en la escuela en general es cómo se fundó. La escuela se fundó pensando que a todos se los puede educar de la misma manera, que todos aprenden de una misma manera. Y por eso tantos chicos se quedan afuera“. En marzo de 2017 en Dubai se sabrá en el Global Education and Skills Forum (GESF), quien gana el premio al mejor maestro.

Ojalá sea ella, ojalá este llamado de atención sea más que eso. Ojalá su trabajo se multiplique. Ojalá, sino Silvana seguirá en el verdadero camino de la inclusión que nosotros seguiremos.  Y la tele, los diarios y las revistas la buscarán para la nota de color altruista de la semana.

Fuentes: La Nación, Infobae y Los Andes.

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