Chico Cannabis: sobrevivir a thrashers, tijeras y desilusiones


Industrial grade hemp grows on the Stanley Brother's farm near Wray, Colorado, Monday, September 22, 2014. The Stanley Brothers have developed a popular strain of marijuana that has been found to be helpful in reducing seizures. The marijuana high in CBDs and low in THC, the chemical which gets a person stoned. Photo by Matt Nager

Si todavía no leíste la primera parte podés hacerlo haciendo clic acá: en la búsqueda del trabajo perfecto

¿Dónde nos habíamos quedado? Perdón, es que últimamente descanso poco y fumo mucho. Creo que la memoria me está fallando cada vez más, o eso intento creer… Igual todavía tengo mucho para contarles, así que por más que los recuerdos a veces se desvanezcan en cortinas de humo espeso hay historias que sobreviven en mi retina algo dilatada y roja.

Creo que lo último que les conté fue mi llegada a Garberville, el paraíso de los trimmers. Sí, era eso. Pero quizás lo que no les dije es que muchos de los “cortadores de cogollos” de esa famosa ciudad al norte de San Francisco son también conocidos como “thrashers”. ¿Qué carajo son te estarás preguntando? Lo mismo me pregunté yo cuando un empleado de un pequeño Subway me advirtió esa primera tarde: “cuidado con la gente de esta ciudad, hay mucho thrasher, adictos al crystal-meth, que pueden llegar a hacer cualquier cosa por un poco de metanfetamina”.


Faaaa… Lo primero que se me vino a la cabeza fue un Walter White enloquecido vendiendo cristales en las esquinas de Garberville y Jesse’s Pinkman’s deambulando por las calles sin rumbo alguno. Una imagen algo apocalíptica pero real: la ciudad está inundada de drogadictos que llegan para hacer plata fácil, darse unos toques, robar, y dormir en peligrosos bosques hasta que algún granjero los eche a punta de pistola. Eso es básicamente lo que pasa acá todos los días. Cientos de “yonkis” caminando buscando un trabajo o unos dólares para comprar a la noche un par de cristales y volar muy lejos.

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Una postal de lo que es Garberville… 

Y si con esta descripción pensás que Garberville no es para vos, imaginate verlo por varias horas con tus propios ojos. Tenía que escaparme de ahí y hacerlo lo más rápido posible. Pero antes necesitaba un plan B, C o D que me llevara a mi objetivo principal: sí, el de conseguir trabajo en una granja de marihuana y ganar 200 dólares al día.

Pregunté, pregunté y pregunté. La respuesta fue siempre la misma: andá a RedWay, un pequeño pueblo fantasma a tan sólo 10 minutos en auto de Garberville y consultá en el bar o supermercado si alguien necesita “trimmers”. Cansado, pero con esa esperanza bajo el brazo, salí a hacer dedo para llegar a la “tierra prometida”.

Eran 10 minutos en auto pero creo que yo tardé cerca de una hora y media en llegar a RedWay. La luna ya me hacía marca personal como gran testigo de mi largo recorrido. No recuerdo bien la hora, pero lo único que había abierto era un pequeño supermercado -que horas después y con la luz del sol iba a enterarme que era el único de todo el pueblo- que me sirvió de refugio para esa primera noche. La poca energía, las interminables horas de viaje y acepto que un poco el miedo a los thrashers no me dejó más opción que acampar con mi bolso cerca de ese lugar y esperar la mañana siguiente con algo más de esperanza.

Amanecí con el pelo alborotado, aliento seco y los ojos llenos de lagañas. Había dormido profundamente y el sol me golpeaba la frente indicando que un nuevo día había llegado. El supermercado ya no era esa tierra de nadie que había conocido a altas horas de la noche, ahora varias familias iban y venían con sus carritos llenos de comida. Sentí como el hambre se hacía presente con un gran ruido y me decidí a entrar a buscar provisiones.

Como era de esperarse, y como tantas veces había visto en series y películas, el supermercado era bien yanqui. Aunque no era un lugar enorme, las góndolas derrochaban productos desconocidos y miles de marcas que quizás sólo vi en YouTube decoraban los pasillos. Agarré una lata de coca-cola (la común, no una de esas extrañas de cereza o vainilla), un paquete de cheetos y me dispuse a hacer la larga fila que había para pagar.

Trolley in supermarket, exact date

Creo que fue arte del destino, pero hoy también podría decir que fue una simple coincidencia por la cantidad de argentinos que veo desfilar por estos pueblos, lo que me chocó con “La Mona” (así me gustaría llamar a este ahora nuevo amigo mío de la ciudad de Córdoba). Él estaba ahí parado en la fila esperando igual que yo para pagar un desayuno algo más nutritivo que el mío. Me vio cara de latino y no dudó en tirarme unas palabras: “¿Hablás español? ¿De dónde sos?”.

Ese fue el inicio de una linda amistad pero también mi primer contacto dentro de California. La primera luz de esperanza para poder conseguir ese trabajo tan ansiado. La Mona me contó que esta era su tercer temporada como trimmer en Estados Unidos y que estaba esperando un llamado de su ex empleador. Según me dijo, esa tarde se iba a contactar con él y si tenía suerte quizás me podía unir a su granja. Pero me advirtió: “No todo es lo que parece, vas a tener que trabajar duro y quizás al principio no veas ni un peso”.

Desayunamos, almorzamos y caminamos por RedWay esperando ese tan ansiado llamado. De paso, nos conocimos un poco: La Mona era de Río Cuarto, había viajado por gran parte de Sudamérica y ahora hace ya tres años que viajaba en agosto a California para ser uno más de los inmigrantes ilegales que llega a Estados Unidos con la esperanza de salir con los bolsillos llenos de verdes. Dos veces lo hizo sin problema, y esta tercer estaba por verse…

A eso de las 4 de la tarde sonó su teléfono y lo que tanto había esperado escuchar se hizo realidad: “En media hora nos pasa a buscar con su camioneta por el super, me dijo que le falta gente así que no tiene drama de que te sumes. Igual acordate lo que te dije”. No me importaba nada, ni sus palabras de advertencia, ni mi cansancio, el hambre ni la plata. Había conseguido el “trabajo perfecto” que tanto había buscado.

La chata llegó 15 minutos tarde. Estábamos sentados afuera del super cuando La Mona me chistó para que me prepare. Bocinazo, bolso arriba del hombro, y ya estábamos camino a la granja. Tengo que aceptar que toda esa fantasía que les conté en el primer capítulo sobre el tipo desfachatado con su auto destartalado tenía algo de verdad. Pero Poco me importó en ese momento y me dejé llevar por la excitación y felicidad que electrificaba mi cuerpo camino al campo.

La granja era… como explicarlo: ¿se acuerdan cuando Los Simpsons heredan un campo y cosechan los famosos “tomacos”? Bueno, lo más parecido a eso posible aunque no hay filas y filas de cultivos de maíz como tenía Homero. Y tampoco, como uno imaginaría, lo son de marihuana. El lugar se distribuye en espacios grandes que podrían ser jardines y en cada uno hay alrededor de diez plantas de distintas cepas. En la entrada, una gran casa que si estuviese bien cuidada podría ser la de un country de pilar, pero que por el desgaste y el descuido está más cerca de ser la de un barrio profundo del conurbano.

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Llegamos y en una gran carpa de plástico había unas quince personas sentadas en tablones de madera recortando cogollos en bandejas de plástico azules. Sus caras no demostraban simpatía, y aunque yo esperaba una sonrisa o un saludo, la mayoría prefirió seguir concentrados en su trabajo para lograr el esperado del día: una libra lo que es alrededor de 200 dólares en paga.

La Mona me miró, me explicó un poco el funcionamiento de cada uno y me dijo que me iba a explicar cómo recortar los cogollos así empezábamos a trabajar. Aunque parezca fácil y por demás boludo, la primera vez que uno se enfrenta a la planta de marihuana en su estado más salvaje no sabe por dónde empezar ni qué hacer. Muchas hojas, verde por todos lados, fuerte olor y tallos pegajosos. La clave, según me dijo, era recortar la maleza de alrededor del cogollo, deshacerse de las molestas ramas y una vez hecho eso envolverlos para pesarlos.

Pero si bien había encontrado el trabajo que tanto había ido a buscar a California hubo un gran problema que a La Mona se le olvidó decirme o que quizás él nunca supo: llegamos a una granja donde la marihuana todavía no había sido secada y que tenían urgencia de empaquetado. ¿Qué quiere decir esto? Que todo lo que hacíamos día a día pesaba la mitad del precio verdadero y costaba el doble cortar. Por ende, perdíamos tiempo y ganábamos menos…

Ese primer día, en unas 5 horas de trabajo -vale aclarar que no hay horarios fijos, tiempos de almuerzo o cena ni tampoco de descanso; cada uno hace lo que quiere y hasta cuando quiere- logré hacer sólo 25 dólares. Muy lejanos a los tan soñados 200 que había imaginado en un primer momento. Aunque por lo menos y gracias a dios ya estaba ahí, con los dedos pegajosos de la recina del cannabis, la remera con olor a flores y una bolsa ziploc llena de cogollos cortesía de mi nuevo jefe. ¿Nada mal para un primer día, no?

PD: les dejo algunas fotos que saqué en estos días y un video para que vean por dentro cómo es una de estas famosas granjas de marihuana de la que tanta gente habla…

3 Commentarios

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  2. […] Cap.2: sobrevivir a thrashers, tijeras y desilusiones […]

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