Charly: parte de nuestra religión


Che, Pola, Charly cumple 70. ¿Estás para escribirte algo?

Así me decía el mensaje de voz de Pabli. Yo estaba esperando el primer subte, a las 5 de la mañana, en Barcelona, a miles de kilómetros de mi ciudad, la misma que la de Charly.

Una ráfaga de melancolía me sacudió. De pronto una especie de ola gigantesca llena de historias me empezó a tapar en esa silenciosa mañana. El despertador de mi hermana mayor que cantaba casi como resignado que alguien en el mundo piensa en mí. Las primeras canciones de Sui Generis aprendidas en la guitarra con los amigos. Las confesiones de invierno, la peperina y la filosofía barata de nuestra adolescencia con cigarrillos, jugando a ser hippies transgresores en las veredas de la democracia. ¡No llores por mi Argentina! ¡Pero si soy yo el que llora en silencio mientras miro a la gente tan dormida y ajena! 

Charly, parte de nuestra religión. La banda sonora de la nostalgia y del presente. Nuestra biblia y nuestro calefón. Un Martín Fierro urbano, sucio y genial. Superhéroe hecho a medida, hijo predilecto del siglo 20 cambalache. Una luna con luz propia.

Contradictorio y complementario. Cínico y maravilloso. Nuestro y del mundo.

¿Existe acaso algo más argento que él? ¿Y al mismo tiempo tan internacional? Charly es el bife, el vino, el tango y el rock. Charly son todos los aviones a punto de despegar y los que viajan alto y turbulentos. Es el que le dijo pelotudo a Lanata, demolió cientos de hoteles y se tiró de un noveno piso. ¿Por qué? Porque sabía que podía volar. Es el mismo que compuso Eiti Leda, Desarma y sangra y Los dinosaurios, entre tantas incontables obras maestras. El que con pocos años de vida le dijo a Falú que tenía una cuerda desafinada. Oído absoluto. ¡Lengua absoluta! 

Dueño de melodías tan perfectas como imposibles. Chopin y McCartney. Beethoven y Lennon. Los hizo su ADN y ahí nos metió a todos nosotros. Corremos en su sangre, intoxicada y pura, por esta frenética vida. Vamos llenando con sus canciones nuestros años, nuestras tristezas y alegrías. 

Gracias por mostrarnos la libertad, la contradicción, el humor, la fractalidad de la música, la sincera iluminación, esa que contrasta perfecta con la oscuridad. Como aquella noche que te vi, bajo un diluvio con la guitarra y en cuero, mojado y salvaje, contagiando electricidad, llenándonos de luz a costa de tu sombra.

Ahora sigo acá en el subte, todavía es de noche y donde estoy no necesito a nadie a mi alrededor. No me interesan. Pero no voy solo, traigo en tus canciones toda mi vida, mis amigos y mi lugar. 

 ¿Qué más te puedo decir, Charly? Lo que hiciste en mí (y en miles) no tiene perdón. Simplemente gracias.

¡Salud, maestro! ¡Felices 70!

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