Carta abierta


A quien corresponda:

El inodoro es el símbolo de nuestro fracaso como humanidad. A veces me sorprendo de que a los líderes mundiales les chupe un huevo el calentamiento global o la gente que se muere de hambre, pero después recuerdo que siguen tirando sus desechos en un fuentón de cerámica como hace cuatro mil años y entiendo todo.

Pensá que en el siglo XIX se hicieron los últimos avances en esta tecnología. Teníamos todo para ser una especie próspera. En ese entonces acabábamos de conocer la electricidad y faltaban cien años para que se descubra Internet. Digo, ¿Qué nos pasó?… ¿En qué momento desviamos el foco?… ¿Por qué llegamos a tener una app para ver cuán feos vamos a ser de viejos, pero se nos sigue salpicando el culo cuando nos sentamos a cagar?

La gran innovación de aquel momento, con la que sentimos que el trabajo estaba terminado, fue incorporar un tubo doblado en “U” entre el receptáculo de la mierda y el desagüe, donde se deposita una porción de agua limpia que “sella” el caño del exterior. Eso le valió el nombre de “inodoro”. El sistema, llamado sifón, no es más que una diferencia de presiones y lo heredamos de los arcaicos acueductos de los romanos, la civilización que más retrasó el progreso de la ciencia junto con los cristianos.

El inodoro es deficiente por donde se lo mire. Está mal parido desde el comienzo. Ni siquiera es bueno cagar sentado porque el vaciado del recto es ineficiente y parece que eso puede generar infecciones y otras enfermedades. La manera recomendada para los primates es en cuclillas, posición en que la espalda se mantiene recta. Así que tranquilamente se podría decir que un orangután aprendió a ir al baño y nosotros no.

Además, a esta altura de la historia, cuando apretás el botón deberían salir pistolas hidrolavadoras para dejar la cerámica impoluta, pero sin embargo nos conformamos con descargar quince valiosos litros de agua potable encima, que a un buen sorete no le hacen nada, queda ahí esperando la segunda mientras te mira desafiante como diciendo ¿te pensás que hay mucha diferencia entre el sexo anal y yo? Y si el sistema de la cadena fuese al menos presentable capaz que me la bancaría, pero ni siquiera.  Adentro de la mochila son todas piecitas de plástico que solo sirven de homenaje a la antigua industria china. Ni se gastaron en ponerles nombre. Y encima a vos, tontito, te parece que se pueden reemplazar con alambre y terminás fabricando un autómata analógico que habita tu cisterna y consigue joderte de muchas maneras, hasta psicológicamente, pero no logra evitar que rebalse.

Es muy triste presenciar la vergüenza de esas pobres amas de casa de las publicidades machirulas por sus inodoros con sarro y como tienen que recurrir a una animación pedorra de un superhéroe que habla en neutro para salvar su dignidad.  Me niego a contarle a mi nieto que ya existía Zoom, pero que limpiábamos la cerámica con un cepillo llamado rascaca (viene del latín: rascacus mierdae) y lo apoyábamos en un vasito donde se acumulaba el agua sucia.

Ni hablar de cuando dos herramientas ineficientes se encuentran. Y en ese sentido no hay órgano más defectuoso que el pene humano. No recuerdo una vez en mi vida que no haya meado el borde. No hay caso. O el chorro es muy ancho, o rebota demasiado fuerte contra el agüita, o dibuja una trayectoria indescriptible, o se te suelta de la manos y flamea libre, empapando todo lo que se interpone en su camino. Encima tenés que aguantar que tu pareja te trate de tarado, porque es imposible explicar que prestaste atención todo el tiempo, que estuviste concentrado, pero que salpicaste todo el baño igual.

Y eso que nosotros tenemos bidet. Piensen que los europeos y norteamericanos se hacen los primermundistas pero se conforman con desparramar un poco para no mancharse tanto la ropa interior…

¿Y después exigimos más derechos? Ahora que lo pienso, el inodoro es como la democracia… lo único que tenemos.

Así que si sos ingeniero, inventor o simplemente solidario, te pido por favor que dejes de leer boludeces y hagas algo al respecto.

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