Carta a mi abuelo


Ilustración por Darío Coronda

Desde temprano me acercaba a su ventana. Entre las cortinas que tapaban el vidrio siempre quedaba un espacio finito para poder mirar hacia adentro de su cuarto. Así, espiaba cada 10 minutos para ver si ya se había levantado y cuando finalmente se desenroscaba de sus sábanas y ponía un pie en el piso, entraba rápido a su casa para poder charlar con él y escuchar sus alucinantes anécdotas.

Para empezar, él había nacido en un barco estadounidense, yendo de Alemania a Chile, en aguas peruanas. Tuve miles de charlas, y la verdad es que nunca terminé de saber cuál era su nacionalidad. Su nombre era Wolfgang Kulenkampff. Me costaba pronunciarlo, aunque por suerte para mí, siempre fue mi “Opa”. Ya, de arranque, su nombre y su nacimiento eran interesantes, así que imagínense lo que fue su vida.

Su trabajo, su trayectoria como deportista, su hermano mellizo, sus padres, su campo, sus plantas de palta, su juego de bochas y hasta su mesa donde se cortaba la carne en los asados; siempre tenía algo genial para contar. Todas las mañanas que compartía con él me enriquecían de algún modo.

A veces me hacía enojar un poco, pero solo por unos minutos. Nos gastábamos bastante y con los años yo terminaba ganado, pero cuando era más chico me hacía calentar. Se aprovechaba de que yo era un poco sensible y me jodía con que estaba panzón, o que no tenía la suficiente fuerza para levantar cosas pesadas, pero además de que al final esto potenciaba mis ganas de mejorar, siempre después de cargarme un rato terminaba diciendo cosas buenas de mí. De hecho – y sin dudas – fue una de las pocas personas que siempre valoró mucho mi forma de ser y que se sentía orgulloso de mí, más allá de las cagadas que me podía mandar tanto de wachin, como hasta hace poco con 28 años.

Ya, los últimos años, mis respuestas a su bardeadas dejaron de ser con palabras. Cuando me agitaba porque estaba fumando un cigarro y tomando birra en vez de estar ayudando a hacer el cordero, directamente le daba un abrazo e instantáneamente él se calmaba, sonreía y decía en voz baja “este cabro huevón”.

La última vez que estuve con él fue hace dos meses. Estaba abriendo unas almendras que caían de uno de los árboles del campo y me puse a ayudarlo. Mientras hacíamos esto sentados bajo la sombra de un olmo, se quejaba porque esas almendras se estaban pasando de maduras. El tiempo no perdona. En ese momento me llamó mi prima para avisarme que nos volvíamos para la ciudad, le di uno de esos fuertes abrazos a los que estaba acostumbrado y me pidió que no sea vago, que vuelva pronto a Chile a visitarlo.  Yo asentí, lo volví a abrazar y me fui.

Voy a volver a Chile, voy a volver a su campo, voy a volver a sacar almendras de los árboles para que no se pasen de maduras y voy a volver a comer esos asados en familia que tanto disfruto, pero él ya no va a estar.

Hace más de un mes falleció mi abuelo, que no era mi abuelo biológico- que murió antes de que yo naciera- sino mi abuelo del corazón. No importan, a esta altura, los árboles genealógicos ni los ADNs, sino todo lo que vivimos juntos desde que soy chico.

Yo todavía no pude llorarlo y la verdad es que me sorprende, pero luego de pensarlo un poco creo que tiene que ver con todo lo que les cuento. Su vitalidad estaba intacta, tanto para contar historias, como para reírse o como para enojarse y puede que por eso todavía no me haya caído la ficha.

Todos debemos sentir distintas cosas sobre cada uno de nuestros abuelos, y yo en este caso no solo siento que se me fue mi Opa, mi maestro y mi admirador, sino que también se me fue uno de mis mejores amigos. Te quiero. Te voy a extrañar. Gracias

 

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