Carlos Ruiz Zafón: existimos mientras alguien nos recuerda


Lo descubrí por una de esas casualidades de la vida que hoy tanto agradezco. Estaba sentado en un barcito en la Plaza del Rey de Barcelona tomando unas cervezas cuando mi vieja se animó a preguntarme si esta era la famosa plaza de la que hablaban en La Sombra del Viento. No entendí nada. Ni su pregunta, ni de quién me hablaba. Claro, ella creía y daba por entendido que por estar viviendo en la capital de Cataluña había leído ya alguno de los tantos libros de Carlos Ruiz Zafón, y que por ende conocía a la perfección las aventuras del librero Sempere. Pero no… ni de cerca.

Esa confusión, devenida en una larga explicación de mi vieja sobre algunos de los personajes de sus novelas y los lugares en los que se llevaban a cabo, me fascinaron de tal forma que esa misma tarde me perdí por los callejones del barrio Gótico para conseguir en una de sus tantas viejas librerías una edición usada y algo amarillenta de La Sombra del Viento. 

Ocho euros y la frase de “ahora vas a entender un poco más a Barcelona”, fueron suficientes para que durante días y días no sacara ni un segundo la vista de ese monumental libro que parecía ser eterno, pero que me devoraba la cabeza con cada una de sus aventuras. Iba explorando la ciudad de la mano de Daniel y Fermín, espiando ventanas de la plaza, perdiéndome por recovecos del Borne buscando a Julián Carax o caminando por la Barceloneta pensando en ese amor imposible de Clara Barceló. Busqué la librería de los Sempere, claro, y me tomé esa caña en Els Quatre Gats esperando la palabra del viejo Barceló.

Seguí leyendo adicto a ese Cementerio de los Libros Olvidados, y me perdí en la historia del periodista David Martín y su encuentro con el diablo en las callecitas de El Raval. Me imaginé viviendo en esa casa de la torre en la Calle Flassaders y escribiendo mi primera novela. Atormentado por mi pasado y viendo por la ventana de mi estudio como florece Barcelona. Y me volví a enamorar, esta vez de Cristina y su locura. Aunque, debo confesar, que también deseé con muchísimas ganas a Isabella y su ingenuidad. 

Me perdí en su Barcelona. Una Barcelona que hoy amaneció un poco más fría y oscura. Húmeda y sombría. Amaneció como Zafón se la imaginaba, como un laberinto adictivo lleno de historias que esperan, algún día, terminar enterradas en el Cementerio de los Libros Olvidados. Porque, como muy bien dice Julián Carax, “existimos mientras alguien nos recuerda”.

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