Añorando a un wacho


Añorando a un wacho

Estoy sentada en un avión yéndome a Budapest. Mis amigas están sentadas diez filas más atrás, creo. Les tocó juntas. Por algo será. Porque después de tanto día intenso con ellas, la verdad es que me viene bien respirar una bocanada de soledad fresca. 19F, ventana; salida de emergencia, como siempre. Si, necesito pensar un rato, en lo que sea, pero sola. Quizás en esta hora y media de vuelo se me cuele un poco de inspiración para escribir algo como lo que solía escribir.

Pienso. 

Qué indignante es que no se me ocurra otra cosa sobre que escribir que no tenga que ver con vos. Sin embargo me aliento recordándome que no hay que pensar, hay que sentir. Esto lo aprendí con el primer papel que rasguñé años atrás. Te pienso y aunque no quiera, también te siento. De hecho, me tengo que sincerar conmigo misma: te infiltraste en todas y cada una de las conversaciones que mantuve hoy. Yo me pregunto, ¿qué clase de proceso de “seguir adelante y dejarnos ir” es este, que después de medio año separados, todavía nos seguimos escribiendo para contarnos cosas tan sencillas como que tuviste un sueño lúcido o como que me dieron contrato de tiempo completo en el café o como que te estás yendo a dormir una siesta con tu sobrina? 

No sé por qué, pero siento que si presionara ahora mismo mis párpados con mucha fuerza y sincronizara mi mente con la velocidad y el ruido del avión despegando, quizás pueda activar alguna especie de energía zarpada que te haga sentir mi presencia donde sea que estés. Como esa vez en el campo, ¿te acordás? Que sentíamos el calor del cuerpo del otro a metros de distancia y que yo podía detectar tu ubicación con los ojos cerrados gracias a esas energías: estabas a mis espaldas en silencio, a unos dos metros y medio, al lado del fuego del hogar, mirándome. (Cierro los ojos e intento llegar a vos de alguna manera). 

No pude. Todavía no puedo. Seguiré intentándolo.

Observo Berlín desde arriba en vísperas de viernes: me parece minúscula desde acá. Se me vienen a la cabeza tus ojos y pestañas contrastando con el verde de tu iris.

Mierda. Acá voy de vuelta.

Tus ojos y pestañas en primera plana. Me acuerdo de cuando solías apoyar tu pierna izquierda sobre mi falda y tu codo derecho sobre la mesa después de cenar exhalando con un gran y derrotado “ohhh”. Cerrabas los ojos un segundo y los volvías a abrir para clavarme la mirada: al frente de toda tu familia intentabas decirme que era hora de irnos a tirar al sillón. No importaba si yo había de terminado de comer. Vos apoyabas la pierna; siempre que podías, lo hacías, y eso significaba todas las veces. Me acuerdo cuando nos quedábamos dormidos haciendo cucharita en el sillón. Solo una vez terminamos de ver una película completa y fue una de Gaspar Noé. Entre tu cuerpo y el mio se formaban unos microsistemas húmedos y calurosos. Es que encajábamos tan bien que daban ganas de quedarse así engranados para toda la vida. Se te pegaban todos los olores, sin excepciones. Solías oler a jabón artesanal perfumado, de esos que tu vieja solía vender y que una vez me regaló. Pero todo dependía del lugar en donde estabas: en el campo era una mezcla de salvia de algún tronco que todavía estaba verde y humo del fuego que avivabas; en casa, mi olor y por las mañanas, huevo frito y tostadas cuasi carbonizadas. 

Se me viene a la cabeza también cuando te tomabas un par de fernets de más y te ponías todo cuartetero y meloso. Te zarandeabas de acá para allá creyendo estar bailando al ritmo y con sensualidad y con cada paso que dabas en mi dirección, yo podía ver como tu sonrisa se iba haciendo más grande. Caminabas hacia mí bien chino en pleno jolgorio y dejabas caer el peso de tu cuerpo sobre mi cuello y oreja izquierda. Con un brazo me tomabas por la cintura y con el otro sostenías el vaso. Luego pasabas a la oreja derecha. Me acuerdo cuando rapeabas Canserbero, cantabas Zona Ganjah o Fat Freddys Drop, cuando bailabas Jeites o te reías haciendo esos movimientos pélvicos al son del reggaeton a propósito porque sabías que me daban bronca. 

Fueron dos las veces que te vi llorar. Aún hasta el día de hoy me acuerdo de la forma que adquiría tu cara cuando lo hacías. Era desesperante. Me rompías el alma, como cuando veo llorar a mi vieja.

Se me viene a la cabeza también cuando me enojaba porque no te limpiabas los pies antes de meterte en la cama y después de haber andado todo el día en patas por el campo o cuando te tapaba la nariz si se te ocurría roncar a la noche y te insultaba y te movía. No había caso: no existe sueño más profundo e irritante que el tuyo. También me acuerdo de cuando te complotabas con mi vieja en temas de política o economía o educación o profesión y también cuando se trataba de determinar si yo era lo suficientemente inocente como para que tuvieras que cuidar de mí cuando nos hicimos la escapada a las Sierras por dos semanas. Le prometiste que me cuidarías. Yo le prometí que no hacía falta. Se me viene a la cabeza cuando meabas en cada rincón que podías. Había que frenar el auto, había que perderse el bondi, había que llegar tarde, pero vos meabas. Me acuerdo de cuando activaste el puchito de espera en la estación y el tren arrancó. Yo empezaba a armar un escándalo cuando de repente apareciste: salías del baño sin entender nada mientras yo le rogaba al personal que frenaran el tren. La gente reía, yo lloraba y vos me abrazabas.   Me acuerdo cuando de repente, en medio del silencio en nuestras horas de estudio juntos, tirabas en voz alta frases heroicas que te llamaban la atención de tus apuntes prestados de Laboral con una firmeza, una seriedad, que hasta parecía que vos mismo habías inventado la frase. Después te callabas y seguías leyendo, chocho, satisfecho con el conocimiento adquirido. Me acuerdo de tu ceño fruncido reflejado en el espejo cuando empezaste a darte cuenta de que te estaba pasando la cero por error en vez de la cinco, y anduviste con gorra un mes y medio hasta que te creció la champa. 

Pero lo mejor de todo eran nuestras peleas de cañas en el río o esa en la que me encerré en la carpa intentando usar mi pensamiento lateral para inventar una mesa y vos afuera asando el pollo bajo la lluvia. Después nos reconciliamos con una olla repleta de fideos con salsa roja y queso rallado y nos reímos porque estabas empapado. O de esa otra vez que me pediste perdón con una flor bizarra naranja que encontraste en el camino después de decirme que necesitabas estar solo un rato. Y jamás me voy a olvidar de la vez que quisiste salvarte de un bicho que se había metido adentro de la carpa y priorizaste en medio del caos de madrugada tu salida de la misma antes que la mía y me encerraste adentro y no parabas de reirte. O de la vez que estuvimos horas gritándonos, cada uno de un lado del río y con una cascada a tan solo metros: 

     – “¡¡¡Dale Pilar!!! ¡¡¡Nadá, no pasa nada!!!”

     – “¡¡¡No puedo Ignacio!!! ¡¡¡El agua está muy oscura!!!”. 

Y me fui a buscar por el Río Grande algún tronco caído para hacer de puente. No importa cuántos años de natación tenga, necesitaba cruzar el río nadando con alguien al lado mío; que yo no iba a ser succionada por un monstruo acuático sola, que alguien tenía que morir conmigo.

Me acuerdo de tu piel marrón canela de verano, magra y suave. La que más me gustaba era la de tus brazos. Le sacaba foto solo a esa parte. Me gustaba como se te notaban las venas. Las fotos las encontré el otro día y las eliminé porque me había quedado sin memoria en el celular.  Me acuerdo cuando me inventé códigos sobre tu mandala de manera tal que si besaba cierta figura de cierto color dentro del dibujo siguiendo un patrón, se desbloqueaban mil maneras diferentes de amarnos. Y a vos te hacía cosquillas porque el tatuaje estaba cerca de tu cuello. Me acuerdo de cuando entre inspiraciones y exhalaciones me decías “mi amor” casi sin poder decir nada.

Recuerdo que hacías de todo un ritual: armalo y pasarlo, prender el fuego para el pollo al disco, elegir la birra, servirla, colocar la yerba en el mate, cocinar tu famoso brunch de sábado por la mañana y con resaca, ponerte los botines para ir a algún amistoso, afeitarte la barba, elegir una película, buscar leña, resaltar un apunte, ponerte un cordón de cinturón. Yo te observaba expectante en cada escena, super entretenida. Siempre era un show distinto. Amaba verte hacer todo eso. Una delicadeza, una paz, un amor tallados en todo lo que hacías. Me acuerdo cuando te desplomabas en mis brazos al llegar a casa de un día largo y nos abrazábamos en la puerta por minutos sin decirnos ni hola. 

Me acuerdo de tu lunar amorfo cerca del pupo, de la pared de la huerta que pintamos de blanco, de nuestra poco convencional casa de nuestros sueños, de la luna llena en Los Gigantes, de las zapatillas manchadas de pintura, de la Santa Rita fucsia de tu patio, de lo que te dolieron los hombros después de hacerme cocochito en Rufus Du Sol, de los domingos de pasta en lo de la Anyi, de la carbonara de Gastón, de las caminatas al kiosco y a la plaza, de las charlas en el auto, de las birras a mitad de semana y antes de la cena en el Mirador, de vos sentado en la ventana de mi pieza, de la goma auxiliar en la parte de atrás de la Cubo que hacía las veces de contenedor de botellas vacías, de la guerrita de agua en el camping, de la botella de vino que rompiste en el albergue de Villa Alpina (me debes un vino), de la vez que casi nos morimos de sed en una quebrada, de tus manos que tienen el tamaño perfecto para mí, del colchoncito con olor a humedad y encierro de ochenta centímetros  de ancho, del libro. 

Todavía no puedo terminar el libro. Lo que sí leí más de una vez es la dedicatoria de la última página. Recuerdo haberte visto escribiéndola dentro del auto estacionado a un par de cuadras de casa la noche antes de venirme a Alemania. Entendí que eso era lo que estabas haciendo, escribiéndome una carta. Se puede leer algo así como “la distancia es solo una medida física y algo insignificante para dos personas que dieron vuelo alto a sus almas” y me decís también que cuando te extrañe mire el cielo y busque la estrella más brillante, porque desde donde sea que vos estés, ibas a iluminarla para que nos encontremos. ¿Estás ahí? Yo estoy acá. Te extraño. Hay muchas estrellas en el cielo. ¿Serán las estrellas del hemisferio sur las mismas que las del hemisferio norte? 

Ya te escribí hace un tiempo y sin que te enterases, un texto en el que me despedía de vos, de mi wacho. Pensé que se me haría más fácil si lo escribía. Ahora compruebo que fácil no va a ser jamás. Observándome a mí ahora, nunca pensé que tardaría más de medio año en despedirme. De hecho con esto que escribo, nuevamente intento despedirme, y de vuelta, sin que te enteres. Me di cuenta con el tiempo que no existís en ningún otro lado que no sea en mis recuerdos, en tu buzo azul favorito que me regalaste, en la dedicatoria del libro. Subsististe en esos lugares pero no es suficiente; no estás en la estrella que me prometiste. Nunca te vi ahí.  

Igual, ya no importa. Ya estamos a la altura de la copa de los árboles. Los borrachos aplauden. Yo dejo de escribir. Mis amigas están atrás. Y vos estás en mis pensamientos.

Por María Pilar E.

2 Commentarios

  1. Avatar
    Nagüel
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    Muy beio

    • Avatar
      Cecilia
      Responder

      Hermoso, alto nudo en la garganta se me hizo!

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