Amores como el nuestro cada vez hay menos


Abro la puerta de casa y prefiero que no esté ahí, aunque su aroma siempre está presente. Me siento medio injusto con él porque a veces me ayuda mucho a estar en paz, pero prefiero no cruzármelo antes de dormir y encontrarlo al lado mío cuando me levanto. Ahí sí que me gusta acurrucarme con él, ya que su trabajo de noche es bastante pesado y nos amamos más y mejor por la mañana.

Si tengo que ser sincero, en el momento que más lo necesito es cuando estoy muy enojado. Sabe controlarme. Sin él puedo perder la cabeza en un minuto. Me enseñó a no discutir en vano y a no alimentar soberbios.

Por otro lado, también es un pilar en mí vida y un gran compañero para apreciar la naturaleza. Ya sean atardeceres, el mar o el terreno desde arriba de una montaña. Sí, se puso romántica la cosa, pero así es él. Tan apasionado y sensible como oscuro y dañino.

Porque ojo, cuando llega medio bravo y en un momento inadecuado me hace perder la cabeza. A veces su presencia puede transmitir una soledad como nadie más lo sabe hacer. Puedo gritarle descontrolado para que se vaya, pero sin la ayuda de un tercero es imposible ganarle.

Los dos ya tenemos claro que a la cancha voy solo y de joda también. Pero acordamos un pacto de ir a la plaza juntos por lo menos una vez por semana y encontrarnos en las clases de yoga para volver a querernos.

Te amo y te odio. Maldito y sensual Silencio.

 

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