Amor, sexo y…


Iban por la tercera cerveza cuando a ella se le ocurrió preguntar qué era lo que más le gustaba en la vida. Eso que lo apasionaba. Lo que lo volvía loco. En pocos segundos su cabeza pensó un millón de cosas. Pensó en ser profundo y algo intelectual, con comentarios sobre “lo efímera que puede ser la vida”, y que eso era lo que más lo desvelaba hoy en día. Esa sensación de mortalidad llena de impredecibles, llena de momentos que rozan el final. Ese pequeño límite que separa a Eros y Thanatos. Quiso demostrar su intelecto y pavonearse con una pequeña clase de psicología freudiana. De tirarle sobre la mesa alguna explicación que denote su presente existencialista y que quizás ella lo comparta. Que de pronto se diera ese debate digno de una clase de sociología de la UBA y que los dos terminaran a los besos en nombre de Spencer, Weber y Marx. Pero le pareció en vano… Al fin y al cabo, esas últimas dos horas se habían reído de banalidades y como mucho habían tenido algún que otro roce por algún tema político que quedó en la nada. 

Se tomó unos segundos para poder pensar un poco más. Ella lo miraba fijo, esperando esa respuesta. Sonrío algo impaciente entre tragos de cerveza y lo apuró. “Dale, no puede ser tan difícil”. A esa altura, creía que las pocas vidas que le quedaban a esa salida dependían de su astucia para darle sentido a esa pregunta. Apresuró a algunas de sus neuronas y varios impulsos nerviosos hicieron efecto. Paseó su respuesta como un chico lleva un barrilete y le habló de sus viajes, sus amigos y su familia. Le quiso explicar que pasar tiempo con ellos y disfrutar de esas experiencias únicas era lo que más le gustaba en la vida. Que había aprendido a ser feliz con esas pequeñas cosas. Lo escupió todo de un saque y se sintió un poco más aliviado. Como si el peso de esa respuesta determinara el destino de su futuro. Ahí nomás, con los neurotransmisores bastante cansados, se imaginó caminando por una playa de arena blanca al lado de ella, tomando una cerveza fría con los pies mojados por la orilla, un perro grande y peludo acompañándolos a un costado, varias risas y una barba ya canosa y larga por días de no afeitarse. Pero las vacaciones perfectas de su pareja cuarentona se vieron interrumpidas por una pequeña risa. Una medio insolente e inesperada. Una que lo dejó algo mareado y sin respuesta. 

Boludo, tampoco quería que me tiraras un chamuyo sobre la vida con amigos y familia, como si eso fuera lo único importante. Pensé que no estábamos en esa. ¿Me vas a decir que no hay veces que te querés cagar en todos y todo? Mi pregunta era un poco más realista y sincera, hasta sensorial te diría”, le tiró con una sonrisa insinuante. Intentó buscar en la cerveza alguna respuesta, pero el amargor algo tibio le cerró la tráquea y lo hizo atragantarse. “Si me lo hubieses preguntado a mi, no dudaba: a mi lo que más me gusta en esta vida es el sexo. Pero el sexo bien hecho. El que te lleva a un éxtasis mental como si te hubieras clavado una pasti en una fiesta y no hubieses bajado por horas. Ese que te deja descerebrado hasta el día siguiente. Exhausta. Y mirá que no habló de zarparse. Ni siquiera te digo que tiene que ser furioso, violento. Pero creo que el sexo bien vivido y con alguien que uno disfruta, puede ser una de las cosas más bellas en este mundo”.

A esta altura la tráquea se le había cerrado por completo. Las neuronas habían colapsado y su mente ya no tenía a dónde viajar. Quedó algo perplejo. Hipnotizado y confundido. Hace pocos minutos pensaba que sus charlas se iban a concentrar en momentos anecdóticos y superficiales de la vida, como el trabajo o las series que miraban. No sabía si era el pudor el que lo invadía, o simplemente esa represión sexual que vivió desde muy temprano en su colegio católico. Maldecía internamente esas pocas clases de educación sexual que no hicieron más que hacerle temer al sexo y verlo como un acto santísimo. Se acordó de Hernán, su profesor de catequesis, que un día en sexto grado les habló de coger como un pecado “a menos que sea con un anillo en la mano y buscando un primogénito”. Se acordó de su primera vez y ese “no le contemos a nadie” de Juana en tercer año. De sus viejos pidiéndole que se cuide porque “el SIDA estaba en todos lados y podía matarlo”. Se acordó de todo eso, y su cabeza hizo un Big Bang que lo dejó sin mucho que decir. 

Ella volvió a sonreír. Notó su incomodidad. Esa que siente una persona cuando entra a un lugar lleno de desconocidos. “Pará, tampoco quería asustarte. Es que me parece que está bueno poder hablar de eso. Dejar los tabúes para otro momento. Sino todas las charlas terminan siempre en lo mismo. Terminamos siendo perfectos desconocidos… A ver contame un poco, ¿qué te gusta en el sexo?”. Hizo otra de esas largas pausas. Buscó que la cerveza le abriera un poco la garganta seca y dejó atrás esos años de represión sexual en el colegio. Tampoco su vida se había quedado encerrada entre Hernán, sus viejos, Juana y el SIDA. “Mirá, soy difícil de incomodar pero vos lo lograste”, soltó después de un largo trago. “Pero me gustó sentirme así, hace mucho que no me pasaba. Y la verdad que me hiciste sentir una especie de adrenalina algo rara. Me encanta el sexo, obvio. Y lo super disfruto, pero me cuesta un poco hablar sobre eso. Bah, hablo poco”, rescató con cara reflexiva. “Aunque si me preguntás qué me gusta… Hace poco tuve una de esas noches que me dejó, como vos decís, con una sobrecarga de éxtasis mental. Había salido un par de veces con una chica que conocí un jueves en un recital en Niceto. Fueron dos salidas algo intrascendentes, esas que terminás teniendo para cortar la semana. La segunda vez cogimos pero ninguno de los dos terminó flasheado. La verdad que me había quedado un poco de sabor a poco después de esas noches, y esa sensación hizo que no volviéramos a hablar hasta que nos cruzamos de casualidad en el Kónex un lunes. Esa noche nos tomamos un par de vasos de fernet y fumamos bastante; y cuando llegamos a su casa… Uffff… Hubo demasiada energía, fumamos un poco más y…”. Hizo una nueva pausa y vio como ahora sí ella lo miraba expectante. “¡Dale boludo! Contame qué hicieron, qué te gustó, qué sentiste, qué le gustó a ella”, le reclamó. “La verdad que el porro nos dejó super sensoriales, así que nos empezamos a desnudar a los besos, de a poco, mucha caricia y besos por todos lados. Empezamos a tocarnos los dos mirándonos fijo a los ojos, bien directos. Ella me tocaba y yo a ella. Lento y suave. Fuerte por momentos. Mis dedos daban giros en su clítoris súper mojado. Teníamos una mano abajo disfrutando el sexo y la otra en la cara, entre la oreja y la mejilla, sosteniéndole la mirada, perdiéndome en esos ojos que de a poco se perdían entre el placer y la sensualidad. Nos quedamos así varios minutos, matándonos a besos hasta que una especie de Big Bang nos penetró a los dos. Terminamos agitados, manchados, con la respiración desbordante, el pecho de los dos parecía que se nos iba a salir del cuerpo, tirados sobre un sillón sin poder hablar por como media hora. Solo sonreíamos, agotados”. 

Ahora la pausa fue de ella. Lo miró mientras, inconscientemente, se mordía el labio inferior con sus paletas. Todavía no sabía cómo reaccionar ante el relato, que aunque lo había pedido con insistencia, no se lo esperaba. Creyó por momentos en la ingenuidad de él. Quiso tomar un último trago de la cerveza, pero la tibieza y amargura hizo que no pudiera seguir. Se ató el pelo, intentando demostrar seguridad y, sin hacer comentarios sobre el relato, le ofreció ir a comprar otra cerveza para poder terminar la charla un poco más frescos. Él amagó a acercarle cien pesos pero para cuando su mano tocó el billete ella ya estaba terminando la fila para traer la última pinta.

Volvió con la cerveza fría en la mano y se sentó cruzando las piernas. Sintió como su entrepierna se había humedecido un poco después del relato pero eso no la incomodaba. Mirándolo a los ojos le agarró la mano algo transpirada y suspiró fuerte dejando de lado el calor que su historia le había generado. “Me volvió loca lo que me contaste”. Soltó su mano y tomó otro trago largo de cerveza. “A eso me refería con lo que te apasionaba, lo que te quitaba el sueño. El sexo puede ser lo más extremo, sincero y real en la vida. La conexión de dos personas en lo más íntimo. Esa sensación única donde parece que nada más importa”, agregó con seguridad. Él aprovechó el descanso para relajarse y sonreír naturalmente por primera vez en la noche. Sus paletas algo torcidas le daban todavía más naturalidad a la escena que había rozado el soft-porn para transformarse en una novela de Nicholas Sparks. Ella soltó la cerveza y le puso la mano entre la oreja y la mejilla, mirándolo fijo. Sonrío también y lo besó fuerte mordiéndole los labios y jugando con su lengua como si por un momento estuviese siendo parte de esa anécdota. Cerró los ojos y se imaginó en ese cuarto, en ese sillón, desnuda y sin inhibiciones. Él apretó su frente contra la suya. Un chico con remera del bar se acercó, algo incómodo, para avisarles que en 5 minutos cerraban. Se miraron una última vez. Ya no eran perfectos desconocidos. Se habían desnudado en el medio de Palermo sin necesidad de sacarse la ropa. Se habían expuesto al morbo, la calentura, la sinceridad y la razón. Habían dejado de lado la sociología de la UBA, el colegio privado y los tabúes. Le habían dado respuesta a una pregunta con millones de respuestas.

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