Amor a cuchillazos


Llevaba casi tres días sin levantarse de la cama. Había decidido que cuando lo hiciera, iba a escribirle una carta. Una especie de despedida. Un adiós con tintes de superación y algo de bronca. Una catarsis llena de malas palabras, culpas y seguramente alguna fábula de porqué las cosas no habían funcionado. Se prometía que cuando pudiese poner un pie afuera del colchón, iba a agarrar una birome y un papel, y emulando a esos grandes escritores del Siglo XIX que tanto le gustaba leer, iba a escribir la “obra maestra” de las cartas de despedida. Iba a tener todo lo necesario y más, para que cuando ella la leyera se le estrujara tanto el corazón que iba a sentir como el mundo se le partía en dos. Lo pensaba y, aunque le costaba aceptarlo, más de una sonrisa se le escapaba. Era su plan perfecto, con el que sueña todo ladrón antes de hacer ese robo que le va a cambiar la vida para siempre. 

Pero esa tarde calurosa de verano, aunque tenía todo para darle el empujón y sacarlo de la cama, no hubo caso. Quedó nuevamente atado de pies y manos al colchón de plaza y media que ya, hacía varios meses, compartía con su soledad. Pensó que lo mejor, para matar el tiempo que lo venía ahogando en recuerdos, podía ser perderse en la adicción de una serie y lograr sin darse cuenta llegar al otro día sano y salvo. Y aunque lo intentó -esos tres capítulos de Mr. Robot  lo ayudaron- no eran ni las diez de la noche y su cabeza no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera ella. En ese último beso que le dio cuando le explicó que necesitaba un tiempo para aclarar su cabeza y en ese abrazo frío como un iceberg que se dieron antes de que su imagen quedara solo en recuerdos. 

Buscó entre las sábanas y encontró perdido su celular. Hacía algunos días que lo había abandonado porque creía que ese rectángulo luminoso no podía hacer otra cosa que traerle malos recuerdos. Ahí estaba concentrada toda la información que lo ataba a ella. Sus mensajes de Whatsapp, los mails que se cruzaban cada tanto para expresar todo el amor que se sentían y que con un simple “te quiero” no alcanzaba, las fotos del verano en Brasil, la escapada improvisada a Cariló en Semana Santa, los videos de la última fiesta que fueron juntos y ese último mensaje que ella le escribió. Era corto y carecía de sentimientos, pero el día que le llegó y lo leyó fue como si cuatrocientas cuchilladas se le clavaran en su pecho. Una a una, con saña y vehemencia, con la frialdad de quien mata por placer. No había día que no la imaginara sonreír con el filo del cuchillo lleno de sangre. No había día que no deseara que esa imagen se hiciera realidad. 

Los capítulos de Mr. Robot desfilaban en el televisor gracias al auto-play de Amazon. Las imágenes y el brillo de la pantalla lo mantenían absorto en un mundo distópico que podía estar tan cerca de estallar como el de él. Miró con algo de envidia la rebeldía de Elliot, el protagonista, y su ímpetu para salvar a la sociedad de la esclavización corporativa. Pensó en cuánto tiempo él le dedicaba a su trabajo, a sus compras, a su frivolidad y pensó en volver a llorar. Pero esta vez no quiso. Quería guardar las lágrimas para algún momento donde ella estuviera presente. Las recolectaba y guardaba para una nueva despedida. 

Por un momento, se abstrajo de ese mundo distópico y se la imaginó subida encima suyo. Estaba desnuda y sintió como poco a poco se unían en un acto de placer extremo. Notó como se mojaba y como él se endurecía cada vez más. Su sonrisa de placer se iluminaba y sus pechos redondos y perfectos lo miraban fijo. Sintió el olor a sexo en el cuarto y como el calor húmedo lo envolvía. Con sus manos recorrió su cintura hasta llegar al pezón. Lo acarició con suavidad dando círculos con la yema de sus dedos. Quiso morderlo, pero ella lo empujó con sus manos y lo tumbó nuevamente en la cama. Volvió a sonreír. Vio sus ojos entrecerrados y envueltos en placer. Su cintura se movía despacio y sus manos ahora abrazaban su cuello. Lo apretaban con la fuerza de quien no quiere lastimar, pero no puede dejar de hacerlo. Con la crueldad que solo otorga el placer. Volvió a sentirse atado de pies y manos, pero esta vez sin escapatoria. Intentó mirarla fijo en busca de una salida, pero sus ojos se habían perdido. La sonrisa se volvió difusa. Cuando sus manos lo liberaron, la vio agarrar el cuchillo y hundirlo sin piedad en su pecho. Una, otra y otra vez. La sintió mojarse como nunca la había sentido. El filo del cuchillo entrando en los pequeños huecos del esternón y cruzándose con las costillas. Lo vio salir cubierto de sangre y volviendo a entrar. El acto se repetía y con cada cuchillada podía sentir como ella se mojaba más y más. 

Un sonido confuso del televisor lo despertó. Era un chillido como el de una alarma y lo devolvió a su realidad entre las sábanas y Mr. Robot. Se sintió duro y mojado. Ajeno a ese momento de éxtasis. Al momento de su muerte. Miró la hora en el reloj del celular y vio que ya marcaba las doce y media. Había sobrevivido a un nuevo día sin morir entre sus brazos. Sin acabar acuchillado entre el placer y la soledad. Había sobrevivido y se prometió, un día más, que mañana se iba a levantar a escribir su obra maestra y que por fin iba a ser él quien clavara el cuchillo. 

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