A los 30…


Este año cumplo 32. Hace un tiempo que vengo pensando en eso, en la edad. Quisiera caer en el cliché de que “es solo un número”, pero cada vez me cuesta más creerme esa fantasía. Ya no sé si estoy “viejo”, si sigo siendo un pibe o estoy en esa edad en la que creo que tengo todo clarísimo y solo me toca disfrutar. 

Hay cuestiones que son irrefutables en la edad: el cansancio, por ejemplo, es una de ellas. Ya no tengo la vitalidad de antes para bancarme tres días de Lollapalooza yendo de acá para allá, y encima sumarle una fiesta al post festival como sí hacía algunos años atrás. Le podría echar la culpa a la falta de “práctica” que me dejó la pandemia, pero se internamente que estaría buscando solo una (mala) excusa.

También se le suman las relaciones. Amigxs que se van perdiendo en el camino porque claro, cada unx sigue el suyo y eso hace que las rutas vayan separándose cada vez más. Y ni hablar de los momentos de cada unx: hijxs, trabajos, parejas, gustos, perros, etc. Cada unx es un mundo, y organizar algo con ese grupo que antes se veía 24/7 hoy es casi una utopía. Los grupos de Whatsapp suenan cada vez menos, las birras entre semana son una excepción y para salir un fin de semana necesitás que se haya inventado la máquina del tiempo y volver unos años atrás. 

Obvio que aparece esa carga interna por no estar en pareja a los 30. Hay una especie de gran necesidad social de que para ese entonces hayas solucionado tu vida con el combo completo y agrandado, si no reprobás el juego de la vida. Y encima siempre terminás oscilando entre ser la envidia del que ya lo tiene (porque obvio, ¿quién no quiere estar solx cuando está en pareja?), y la paria por no querer sentar cabeza. 

Sumale a todo esto que la vida laboral también toma otro sentido. Al necesitar llegar a fin de mes, se le suma la pregunta del millón: ¿estoy “contentx” haciendo lo que hago? Sí ya sé, esa te la hacés desde que cumplís 18 y te enfrentás a la vida adulta. Pero más pasan los años, más difícil es encontrar una respuesta. Pasás por cientos de situaciones, surfeás laburos que preferirías haber perdido y las cuentas se hacen cada vez más complicadas. Son “momentos” te dicen, pero esos momentos no terminan más y mientras tanto seguís soñando con mandar a todos a la mierda y ponerte un barcito en la playa. Fantasías que (lamentablemente) la mayoría de las veces no son más que eso. 

Bueno, pero no todo es tan malo tampoco. A los 30 aprendés que a veces está bueno quedarte el fin de semana viendo Netflix y eligiendo algo rico qué comer. O salir a comer solo a nuevos lugares y sentarte a ver a la gente pasar. También desdramatizás cosas que antes eran un mundo para vos, releés libros buscándoles nuevos sentidos, filosofás hasta altas horas de la noches con amigues y, muchas veces, le encontrás la vuelta a esos problemas que parecían existenciales y ya no. 

Aprovechás también el tiempo para viajar, solo y acompañado, descubrís nuevos lugares y personas. También te aferrás mucho más a los que más querés y cuando se abre la puerta a alguien nuevo lo mirás con otros ojos. Ni buenos, ni malos; hay cierta empatía distinta, menos prejuicios y, por sobre todo, empezás a elegir con quién querés pasar tu tiempo. 

A los 30 seguramente no vas a tener tu vida 100% ordenada y ni siquiera vas a saber si lo que tenés ahora es lo que realmente querés para el resto de tus días. Pero sí estoy seguro, que si mirás para atrás vas a encontrar muchísimas cosas que hoy te sacan una sonrisa, muchas que repetirías y otras que no. Que cambiaste un montón, que maduraste, que creciste y que te abrazás en esta nueva etapa sabiendo que el tiempo es lo único que nunca vas a poder recuperar. Los 30’s, los “nuevos” 20’s, la adolescencia madura o la adultez incipiente. Sea como sea, estés en la que estés, abrazala que no vuelve. 

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