Algo que quería y ya no quiero


Por Sol Bongiorni

De chica tenía una fascinación por el programa “Vestido de novia”, que mostraba los altos y bajos de una prometida para encontrar la prenda de sus sueños. Cuando le decían que si al vestido aplaudía como si fuese una de las madrinas de la boda. Me indignaba cuando las madres querían ser el papel protagónico y les gritaba ratas cuando iban con menos de cinco mil dólares de presupuesto. Escuchando a las asesoras aprendí terminología de costura. Visualizaba mi vestido con escote en V pronunciado para que se notara mi clavícula, pero que llegara a ocultar el lunar que tengo en el seno izquierdo. Con encaje en la parte superior y pedrería suelta por las caderas. Ceñido al cuerpo, pero algo suelto al final y sin cola, que apenas acariciara el piso. Por atrás, espalda abierta. Algo sexy, pero no revelador; femenino pero moderno. El toque de glamour eran unos guantes perlados y velo super largo para que lo levantaran entre dos niñas mientras caminaba al altar. Solía buscar en Pinterest ideas para que se inspirara mi organizadora. Oscilaba entre dos temáticas. Una era festejarlo en una playa. Sería una ceremonia íntima, el mar de fondo y todos descalzos. La otra en un jardín florecido, con aroma a pasto recién cortado y el código de vestimenta de tonos cálidos. Durante la ceremonia, una orquesta con melodías del siglo XVII. Para comer habría un buen plato de pasta y la torta de seis pisos hecha por el maestro pastelero Buddy Valastro. 

Hasta el momento, de las cinco bodas a las que fui solo una tuvo ese nivel de producción. Fueron tres lunas de festejo en Neuquén. La primera, una cena de bienvenida en un restaurante con vista al lago. La segunda, el civil; la tercera, al mediodía por iglesia y a la noche la gran fiesta. El último día fue el que más disfruté porque tenía edad suficiente para pedir en la barra. Aferrada al segundo mojito, observaba a la gente llegar. Cien, doscientas, trescientas personas. Conforme el salón se llenaba, no podía dejar de pensar que cada silla en la mesa o cada click del fotógrafo tenía un signo pesos adelante y muchos ceros por detrás. Fue un baldazo de agua fría. Para el nivel de festejo que había planeado durante mi infancia necesitaba una billetera gorda, tipo empresario que viaja una vez por mes a Dubai. 

El sol temeroso se deja entrever por las montañas.Terminó la joda. Los mozos recogen las copas, los niños están durmiendo en el piso y los borrachos se reparten las botellas de champagne sin abrir. Cada familia/pareja se acerca a despedir a los recién casados. Estoy por darle un beso a mi prima pero me como un amague. Tambaleante se acerca una mujer y le susurra al oido “suerte con lo que se viene”. La pareja se rió y yo por compromiso también. Aunque sentí como se me subió la bilis. Lo que me paraliza no es la boda, si no lo que viene después. Me aterra estar atada a la misma persona por tanto tiempo. Tener que decidir todo con alguien más. Compartir cuarto y closet. Separar gastos. Bancarme las cenas con su jefe. Discutir por quién va al supermercado. Quiero conservar mi apellido. Ser la titular de mi cuenta bancaria y compartir exclusivamente con mi hermana la casa en la costa. Ya no se si quiero casarme, al menos por civil seguro que no. Casarse no es solo tener una fiesta bonita. Es escoger unir tu vida con la de otra persona. Deberían poner eso como aviso al inicio del programa de vestido de bodas.


Esto texto surgió de los Talleres de escritura cretiva de Wacho.

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