Prohibir, prohibir y prohibir…


Hace poco se cumplió un nuevo aniversario de la Tragedia de Cromañón y la frase “la música no mata” -como muchas otras veces- merodeó un largo rato por mi cabeza. Hoy me desayuno con la noticia de que en Mar del Plata y a causa de algunos episodios que no hace falta mencionar, se suspendieron todas las fiestas electrónicas que quedan para el resto de la temporada. Entonces inconscientemente, y con mucho desconcierto, la frase vuelve a mi cabeza pero esta vez en forma de pregunta: “¿la música mata?”.
Carlos Arroyo es el intendente de Mar del Plata. Supongo que a modo de solución simple y demagoga decidió de un día para el otro, una vez que su temporada estuviera completa y que todos sus ciudadanos estuvieran contentos por la llegada de miles de turistas a su costa, suspender todos los eventos que se iban a realizar en lugares como Mute y Destino Arena, dos de los paradores más importantes de las playas del sur. ¿Su explicación? Muy fácil: “preservar la salud de personas en un ámbito donde se produce consumo de drogas y alcohol”. Claro, porque seguro son los únicos lugares donde esto sucede… ¿no?
Pero más allá de todo tipo de argumentos que uno podría explayar para contrarrestar este tipo de excusas y explicaciones, lo más indignante -de nuevo- sigue siendo que la solución a todos los problemas en nuestro país sea: suspensión o prohibición. Cuando ya todos sabemos que dentro de lo prohibido existe un gran negocio y ese mismo, lamentablemente, lo manejan unos pocos y conocidos.
No hay que tener un máster en Londres para darse cuenta que un tema en agenda garpa más y da más popularidad a un político, que ocuparse de asuntos de igual o mayor importancia -y no con esto se la quito a los recientes problemas en fiestas electrónicas. Por eso este tipo de noticias no sorprenden -hace falta solo con prender la radio para enterarse del caso en Rosario en año nuevo-, y encontramos en sus soluciones demagogas una respuesta fácil, colorida y con el picante suficiente para lograr la tapa de cualquier diario -y quizás, en un futuro, la de una revista de chimentos. Mientras, la pobreza nos arrasa, el país se inunda con cada lluvia que cae y el segundo semestre se transformó en el próximo año. Pero no, acá “la música mata” y en vez de ocuparnos buscando respuestas educando y ayudando, encontramos una solución perfecta: suspendemos todo y nos lavamos las manos.
“La música no mata” sigue merodeando en mi cabeza mientras vomito estas palabras. Algo tan simple, lindo y disfrutable como la música no puede agarrar un revólver y ponértelo en la cabeza. No puede encender una bengala y prender fuego un lugar. No puede venderle éxtasis a un pibe de 18 años y no prevenirlo de una sobredosis. No, no puede, porque es música. Es, simplemente, música…
Lo que sí puede matar, y lo hace constantemente, es la negligencia y falta de políticas públicas. No de ahora, de siempre. Porque esgrimir como excusa haber encontrado cientos de chicos con drogas como cocaína, éxtasis, marihuana y LSD yendo a una fiesta no debería ser la razón, sino la solución a terminar con esos excesos. Pero no la salida fácil para decidir suspender recitales, fiestas y eventos por esas “58 detenciones con drogas y 4 hospitalizaciones en fiestas de playas del sur”. El hecho de que haya controles, como me dijo una amiga que fue demorada por la policía en Mar del Plata el fin de semana pasado yendo a Mute, sirve para que las personas “tomen consciencia y se rescaten” (sic).
Una vez más en Argentina la solución tiene ocho letras: prohibir. El mundo seguirá girando y creciendo, mientras que nosotros con estas medidas no vamos más que hacer creer que “la música, mata”.

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    lkn
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    kjbkj

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